Las horas del mediodía eran las
mejores del día. Estaba con mis amigos desde las doce hasta las
tres. Media hora para comer, y luego podíamos estar por el patio
jugando a fútbol, o en la clase jugando a rol, hasta las tres de la
tarde en que empezaban otra vez las clases. Hacía un año que se
habían publicado las ediciones de bolsillo del Señor de los
Anillos con las portadas ilustradas de John Howe, y los más
lectores de la clase ya los habíamos devorado. Yo personalmente, fue
un dia de verano en Cadaqués, que buscaba algún libro para leer, y
mis ojos se clavaron en aquellas enigmaticas ilustraciones entre
románticas, mágicas y tenebrosas, con los bordes escritos en runas.
Me compré el primer tomo y la lectura fue fatigosa, aunque decidi
seguir. En la mitad del libro me di cuenta de lo que tenía entre
manos: una apasionante historia. Pues en octavo de EGB, los amigos
habíamos empezado a jugar a rol. Tomi fue el que nos inició con El
Señor de los Anillos, pero todos los amigos nos compramos un
juego distinto para poder turnarnos en la tarea de master.
Xavier por su parte se compró Stormbringer, un juego
ambientado en las leyendas nórdicas paganas, y un mediodía yo
empezé a leerlo en la clase. Fue la primera vez que leí algo como
lo siguiente:
Las fuerzas del bien necesitan estar
en equilibrio con las fuerzas del mal.
¿Cómo podía ser esto? Yo me había
leído El Senyor de los Anillos, y como todo el mundo sabe,
trata de una lucha agónica para derrotar las fuerzas del mal, al
fantasma maligno de Sauron. En aquellas leyendas paganas de
Stormbringer no interesaba aquella lucha, sinó que se
preferia un equilibrio saludable. ¿Por qué? ¿Es mejor luchar y
derrotar al mal no? ¡Esta es la historia normal de cualquier
película! ¿Cómo podia ser que la base de aquel juego fuese una
especie de pacto o equilibrio pacífico con el mal?
Por aquel entonces yo ya iba a
jiujitsu, y mi aplicación a las clases era total. Yo tenia confianza
absoluta en mi porfesor, al que conocía desde muy pequeño. Todo en
aquellas clases era mágico, como si de pronto entrase en un salto
temporal hacia el Japón de hacía dos siglos. Y en mi mente yo
quería aprender todo lo que se relacionaba con aquella arte
marcial.
-Aprovechar la fuerza del contrario
- Tio, esto si que es nuevo, pensé.
-El trabajo de uke es tan importante
como el de tori- Claro, no estamos solos. Sin la pareja de
entrenamiento no podemos aprender.
Y de pronto todo aquello se fundió en
mi cabeza, y entendí: No hay arriba sin abajo, no hay defensa sino
hay atacante, no hay alumno sino hay profesor, no hay bien sino
hay... mal.
Hacia años ya que notaba que algo iba
mal en la enseñanza, sobre todo en la enseñanza de la lengua.
Tenías que aprenderte unas normas que en la mayoría de los casos
eran absurdas, arbitrarias... y los signos de puntuación:
La coma sirve para marcar una pausa.
Años atràs, en
una de las primeras veces que escribíamos redacciones yo marqué una
coma en donde quería hacer la pausa. La profesora me corrigió:
No, la coma va aquí, no aquí.
Me quedé
totalmente desconcertado. ¿No tendría que ser la persona que
escribe la que decide donde hacer la pausa para enfatizar una palabra
o otra según la conveniencia al mensaje que se quiere transmitir?
¿Qué sabía ella, en dónde yo quería hacer una pausa? ¿Acaso
conocía perfectamente de antemano el mensaje que yo quería
transmitir con mi escrito?
Y siempre seguir
los libros. Leer la lección, hacer los ejercicios... ¿Para esto
necesitamos profesor? Cada vez descubría más cosas por mi mismo,
cosas que no se explicaban en clase. Pero me guardé una frase de la
asignatura de Lengua Castellana:
La pluma es más poderosa que la
espada.
Aunque en la
escuela sólo te enseñasen normas, yo me di cuenta del poder de la
literatura. De las palabras que no te enseñan. Del poder del
arte. Del poder de la poesía. Pues aquel poder al que se
refería la frase, no era el poder de las normas gramaticales, ni
tampoco el poder de la ortografía.
Un mediodía de
octavo, faltaba tan solo media hora para volver a empezar las clases,
y estábamos charlando los amigos en la clase, mientras se iba
llenando de gente.
-¡Eh! ¡Tengo una idea!-
Salté yo. ¿Hacemos una broma? Mis amigos me miraron con
desconfianza, y yo me puse manos a la obra.
-Vamos a girar la
mesa del profesor. La vamos a poner cabeza abajo, ¿ok? - Mis amigos
dudaron un momento.
-Vale va. Va a ser
divertido- decidieron al fin. Me ayudaron a voltear la mesa del
profesor.
-Las mesas de
primera fila también. Las de al lado del profesor. -Giramos
cabezabajo las mesas de los alumnos que estaban casi tocando la del
profesor.
-Ens castigaràn,
Bernat- Dijo mi amigo.
-No, home, no.
Faltaba algo a mi
obra. Miré al fondo de la pared donde estaban los libros de las
asignaturas en unas estanterías individualizadas para cada alumno.
¡Claro!- Pensé.
-¡Hay que girar
también las estanterías!
Mis amigos me
ayudaron, y giramos dos estanterías dejando la apertura contra la
pared. La clase se iba llenando con los compañeros, que se reían
ante la sorpresa.
-Ei! No digueu
res! Fem com si no hagués passat res, dissimulem.
-JaJa!- Reía otro
al entrar.
Nos sentamos todos
en nuestro sitio y en silencio, esperamos la llegada de la profesora,
que no tardó en aparecer.
Ella miró a su
mesa bocabajo. Luego miró a la clase, y volvió a mirar a su mesa.
Luego su mirada se calvó en las estanterías sin apertura del fondo
del aula. Su rostro era de extrema seriedad. Los alumnos estábamos
quietos, sentados, como si no hubiese pasado nada. Quizás aquella
vez fue la que estuvimos más tranquilos al entrar la profesora, de
entre todo el octavo de EGB. Los alumnos miraban a la profesora
esperando a que empezase la clase, pero ella seguía quieta sin saber
muy bien qué hacer. Dejó sus bultos a un lado, y luego se dirigió
a la clase.
-Qui ha sigut?
La clase seguía
en silencio absoluto.
-Què qui ha sigut?
Nadie habló.
-Molt bé. Ens
estarem sense fer res fins que surti el culpable. -Ella escrutó uno
a uno los rostros de sus alumnos.
-Has sigut tu Noé?
-Yo no he hecho
nada! - Contestó con indignación Noé. La profesora volvió a mirar
algunos rostros de entre la clase.
-Molt bé.
Preguntaré un per un. - Dijo, y empezó por una esquina
preguntando directamente a cada alumno, mirándole a los ojos.- Has
sigut tu?
-No. - Iban
contestando los alumnos uno por uno.
Yo era de los
últimos. Sabía que era estúpido esconderse por más tiempo.
Además, no tenía miedo de reconocer que había sido yo. Incluso se
podría decir que tenía ganas de asumir la autoría de aquella
pequeña poesía. Pero no quería estar solo. Los amigos que me
habían ayudado ya habían dicho que No habían sido ellos al
tocarles su turno de palabra.
-Bernat, has sigut
tu?
-Si, amb el Noel i
el Marc.
Una carcajada
general irrumpió en la clase.
-Bé, donçs ara
anireu a la jefa del mejador, la Marici, i li expliqueu lo que heu
fet. Que ella decideixi el càstic.
Hicimos caso, y
salimos a hablar con la jefa de los monitores del comedor. Pedí
perdon a mis amigos por haberles puesto en aquella encrucijada.
Marici, la jefa, estaba a punto de irse de la esuela, y pudimos
cogerla a tiempo. Yo le expliqué lo sucedido, y ella dejó escapar
una sonrisa que intentó esconder disimuladamente.
-Bueno, durant
aquesta setmana, en l'hora del menjador estareu al meu costat tota
l'estona.- Dijo, y se fué.
Nosotros volvimos a
la clase, y le explicamos el castigo a la profesora. Pareció estar
de acuerdo. Las mesas y las estanterias volvían a estar en su
posición habitual, y la clase empezó, aunque ya faltaba poco tiempo
para su fin.
Al dia siguiente,
estuvimos veinte minutos limpiando el patio con Marici, y luego ella
nos dijo que nos fueramos a tomar viento.