dilluns, 15 de juliol del 2013

Whitney...

Una voz. Una piel morena. La belleza en la expresión de la vitalidad humana...


Natural Born Killers

Fui al cine con mis amigos del EGB. Estaban allí Raúl y Marc. Ellos querían ver la película Asesinos Natos. A mí no venía en ganas de ver algo con ese título, y decidí entrar en otra sala. No recuerdo qué película vi. Sólo recuerdo que cuando la película terminó, busqué la sala en donde estaban pasando Asesinos Natos. La encontré, y entré. La película estaba a tres cuartos, y entre las sombras provocadas por el proyector, pude vislumbrar la mano y la cara de Marc que me hacían señas. Ellos estaban en las últimas filas, estupefactos por la violencia explícita que acababan de ver. Yo, estaba pero, fresco como una rosa de abril. Y recuerdo un anime de Woody Harrelson corriendo, con su cuerpo musculado, sus gafas oscuras – la fuerza de la voluntad humana- luchando contra un sistema carcelario que la mantenía prisionera. Dibujos animados que cambiaban de vez en cuando a la realidad humana, combinando magistralmente un blanco y negro con el color de la sangre.

Dios, esto es la polla, pensé en mis adentros. Yo solamente había visto el último cuarto de la película, y vislumbré algo fuera de lo normal. Experimentación, juego con los colores, vitalidad e incongruencia humana, plasmados en la tela blanca que retenía el velo de una película de 35mm. Oliver Stone. Más tarde descubrí que el guión era de Quentin Tarantino. Evidente. Sólo Quentin sabía captar la esencia humana en las más complicadas situaciones vitales.   

dijous, 11 de juliol del 2013

Revelacions 2

Mis padres dejaron la casa de Cadaqués que alquilaban todo el año, y estuvimos unos años de alquiler sólo los meses de verano. Pero en aquella casa se habían forjado unas uniones ya irrompibles. Los Koyama, los vecinos japoneses también dejaron su casa y se fueron a vivir de alquiler en otras viviendas de Cadaqués. A veces íbamos mi hermana y yo a pasar el rato con Nyoko, la hija de Koyama en su casa. Al entrar yo, Koyama saludaba y luego desaparecía misteriosamente. Los tres niños entramos en la habitación de Nyoko. 

Aquella habitación estaba repleta de juguetes y chismes típicos japoneses, muchos que todavía no habían llegado a España. Jugamos un rato con un moco verde, que seria algo así como el precursor japonés del blandiblú.

-Els meus pares m’obliguen a estudiar japonès.- dijo Nyoko con tristeza.- Es un pal.

Todo allí era japonés. No sólo eran los tres claramente japoneses, y entre ellos hablaban aquel idioma fascinante que yo no entendiera ni una palabra, sino que tenían mobiliario japonés, juguetes japoneses que sus familiares enviaban a Nyoko por avión... y sus padres querían que ella no perdiese las raíces y la cultura japonesas.

Recuerdo un invierno cuando yo era muy pequeño, fuimos a la cabalgata de reyes en Cadaqués. Más que cabalgata era una navegata, pues en Cadaqués venían por barca, y todos los niños estábamos con fanales expectantes para recibirlos. Y Nyoko vino con nosotros. Todos nuestros fanales eran simples, trabajados en serie únicamente para realizar la función de alumbrar con la vela de dentro. Pero el de Nyoko era de una increíble belleza. Todo en ella era belleza. Sus rasgos japoneses, su vestido, y el fanalillo esférico rojo muy elaborado con caracteres dibujados, también de suma belleza.

Estaba claro que aquella familia no había viajado miles de kilómetros para huir de su país, sino que estaba exportando su país. Exportaba el arte de su país, mediante las pinturas típicamente zen de Koyama. Una concepción de la vida basada en el disfrute del momento, en la apreciación de la belleza, y en la conexión de todas las facetas del ser humano en los quehaceres diarios. Una concepción distinta a la que impera en nuestra sociedad occidental.

Llegó un momento en que mis padres tuvieron el dinero suficiente, y se compraron un apartamento en Cadaqués. Y un día invitaron a nuestros amigos japoneses para enseñárselo. Yo tenía una pequeña habitación con una vieja manta de lana que cubría mi cama. Y llegó el momento de que Koyama viera mis aposentos. Después de algún sonido de aprobación, se fijó en un agujero pequeñito que había en aquella manta vieja. Sin pensárselo metió su dedo índice adentro y empezó a moverlo. Luego me miró sonriendo.

-Ja ja. Gusano. Ja ja.


Yo aparté su mirada. Imbécil, pensé. ¿Se piensa que soy tonto o qué? Ya tengo una edad para que me hagan gracia estas bromas tan estúpidas...