divendres, 1 de novembre del 2013

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Las horas del mediodía eran las mejores del día. Estaba con mis amigos desde las doce hasta las tres. Media hora para comer, y luego podíamos estar por el patio jugando a fútbol, o en la clase jugando a rol, hasta las tres de la tarde en que empezaban otra vez las clases. Hacía un año que se habían publicado las ediciones de bolsillo del Señor de los Anillos con las portadas ilustradas de John Howe, y los más lectores de la clase ya los habíamos devorado. Yo personalmente, fue un dia de verano en Cadaqués, que buscaba algún libro para leer, y mis ojos se clavaron en aquellas enigmaticas ilustraciones entre románticas, mágicas y tenebrosas, con los bordes escritos en runas. Me compré el primer tomo y la lectura fue fatigosa, aunque decidi seguir. En la mitad del libro me di cuenta de lo que tenía entre manos: una apasionante historia. Pues en octavo de EGB, los amigos habíamos empezado a jugar a rol. Tomi fue el que nos inició con El Señor de los Anillos, pero todos los amigos nos compramos un juego distinto para poder turnarnos en la tarea de master. Xavier por su parte se compró Stormbringer, un juego ambientado en las leyendas nórdicas paganas, y un mediodía yo empezé a leerlo en la clase. Fue la primera vez que leí algo como lo siguiente:

Las fuerzas del bien necesitan estar en equilibrio con las fuerzas del mal.

¿Cómo podía ser esto? Yo me había leído El Senyor de los Anillos, y como todo el mundo sabe, trata de una lucha agónica para derrotar las fuerzas del mal, al fantasma maligno de Sauron. En aquellas leyendas paganas de Stormbringer no interesaba aquella lucha, sinó que se preferia un equilibrio saludable. ¿Por qué? ¿Es mejor luchar y derrotar al mal no? ¡Esta es la historia normal de cualquier película! ¿Cómo podia ser que la base de aquel juego fuese una especie de pacto o equilibrio pacífico con el mal?

Por aquel entonces yo ya iba a jiujitsu, y mi aplicación a las clases era total. Yo tenia confianza absoluta en mi porfesor, al que conocía desde muy pequeño. Todo en aquellas clases era mágico, como si de pronto entrase en un salto temporal hacia el Japón de hacía dos siglos. Y en mi mente yo quería aprender todo lo que se relacionaba con aquella arte marcial.

-Aprovechar la fuerza del contrario - Tio, esto si que es nuevo, pensé.
-El trabajo de uke es tan importante como el de tori- Claro, no estamos solos. Sin la pareja de entrenamiento no podemos aprender.

Y de pronto todo aquello se fundió en mi cabeza, y entendí: No hay arriba sin abajo, no hay defensa sino hay atacante, no hay alumno sino hay profesor, no hay bien sino hay... mal.

Hacia años ya que notaba que algo iba mal en la enseñanza, sobre todo en la enseñanza de la lengua. Tenías que aprenderte unas normas que en la mayoría de los casos eran absurdas, arbitrarias... y los signos de puntuación:

La coma sirve para marcar una pausa.

Años atràs, en una de las primeras veces que escribíamos redacciones yo marqué una coma en donde quería hacer la pausa. La profesora me corrigió:

No, la coma va aquí, no aquí.

Me quedé totalmente desconcertado. ¿No tendría que ser la persona que escribe la que decide donde hacer la pausa para enfatizar una palabra o otra según la conveniencia al mensaje que se quiere transmitir? ¿Qué sabía ella, en dónde yo quería hacer una pausa? ¿Acaso conocía perfectamente de antemano el mensaje que yo quería transmitir con mi escrito?

Y siempre seguir los libros. Leer la lección, hacer los ejercicios... ¿Para esto necesitamos profesor? Cada vez descubría más cosas por mi mismo, cosas que no se explicaban en clase. Pero me guardé una frase de la asignatura de Lengua Castellana:

La pluma es más poderosa que la espada.

Aunque en la escuela sólo te enseñasen normas, yo me di cuenta del poder de la literatura. De las palabras que no te enseñan. Del poder del arte. Del poder de la poesía. Pues aquel poder al que se refería la frase, no era el poder de las normas gramaticales, ni tampoco el poder de la ortografía.

Un mediodía de octavo, faltaba tan solo media hora para volver a empezar las clases, y estábamos charlando los amigos en la clase, mientras se iba llenando de gente.

-¡Eh! ¡Tengo una idea!- Salté yo. ¿Hacemos una broma? Mis amigos me miraron con desconfianza, y yo me puse manos a la obra.
-Vamos a girar la mesa del profesor. La vamos a poner cabeza abajo, ¿ok? - Mis amigos dudaron un momento.
-Vale va. Va a ser divertido- decidieron al fin. Me ayudaron a voltear la mesa del profesor.
-Las mesas de primera fila también. Las de al lado del profesor. -Giramos cabezabajo las mesas de los alumnos que estaban casi tocando la del profesor.
-Ens castigaràn, Bernat- Dijo mi amigo.
-No, home, no.

Faltaba algo a mi obra. Miré al fondo de la pared donde estaban los libros de las asignaturas en unas estanterías individualizadas para cada alumno. ¡Claro!- Pensé.
-¡Hay que girar también las estanterías!
Mis amigos me ayudaron, y giramos dos estanterías dejando la apertura contra la pared. La clase se iba llenando con los compañeros, que se reían ante la sorpresa.
-Ei! No digueu res! Fem com si no hagués passat res, dissimulem.
-JaJa!- Reía otro al entrar.
Nos sentamos todos en nuestro sitio y en silencio, esperamos la llegada de la profesora, que no tardó en aparecer.

Ella miró a su mesa bocabajo. Luego miró a la clase, y volvió a mirar a su mesa. Luego su mirada se calvó en las estanterías sin apertura del fondo del aula. Su rostro era de extrema seriedad. Los alumnos estábamos quietos, sentados, como si no hubiese pasado nada. Quizás aquella vez fue la que estuvimos más tranquilos al entrar la profesora, de entre todo el octavo de EGB. Los alumnos miraban a la profesora esperando a que empezase la clase, pero ella seguía quieta sin saber muy bien qué hacer. Dejó sus bultos a un lado, y luego se dirigió a la clase.

-Qui ha sigut?
La clase seguía en silencio absoluto.
-Què qui ha sigut?
Nadie habló.
-Molt bé. Ens estarem sense fer res fins que surti el culpable. -Ella escrutó uno a uno los rostros de sus alumnos.
-Has sigut tu Noé?
-Yo no he hecho nada! - Contestó con indignación Noé. La profesora volvió a mirar algunos rostros de entre la clase.
-Molt bé. Preguntaré un per un. - Dijo, y empezó por una esquina preguntando directamente a cada alumno, mirándole a los ojos.- Has sigut tu?
-No. - Iban contestando los alumnos uno por uno.

Yo era de los últimos. Sabía que era estúpido esconderse por más tiempo. Además, no tenía miedo de reconocer que había sido yo. Incluso se podría decir que tenía ganas de asumir la autoría de aquella pequeña poesía. Pero no quería estar solo. Los amigos que me habían ayudado ya habían dicho que No habían sido ellos al tocarles su turno de palabra.
-Bernat, has sigut tu?
-Si, amb el Noel i el Marc.
Una carcajada general irrumpió en la clase.
-Bé, donçs ara anireu a la jefa del mejador, la Marici, i li expliqueu lo que heu fet. Que ella decideixi el càstic.

Hicimos caso, y salimos a hablar con la jefa de los monitores del comedor. Pedí perdon a mis amigos por haberles puesto en aquella encrucijada. Marici, la jefa, estaba a punto de irse de la esuela, y pudimos cogerla a tiempo. Yo le expliqué lo sucedido, y ella dejó escapar una sonrisa que intentó esconder disimuladamente.
-Bueno, durant aquesta setmana, en l'hora del menjador estareu al meu costat tota l'estona.- Dijo, y se fué.

Nosotros volvimos a la clase, y le explicamos el castigo a la profesora. Pareció estar de acuerdo. Las mesas y las estanterias volvían a estar en su posición habitual, y la clase empezó, aunque ya faltaba poco tiempo para su fin.

Al dia siguiente, estuvimos veinte minutos limpiando el patio con Marici, y luego ella nos dijo que nos fueramos a tomar viento.

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