-¿Te
pasaste un poco el otro día, no?
-Hola
Mónica.
-¿Y
a mí? ¿Por qué me tocas el culo?
-Perdona.
-Porque
no me enteré, que me lo dijeron luego y perdona no. ¿Por qué me tocaste el culo
anteayer?
El silencio delataba mi asombro ante tan inesperado y agresivo interrogatorio.
-¡Di!
¡Qué piensas!- Sus ojos inquisidores penetraban en mi ser a través de los míos.
Estaba claro que exigía una inmediata respuesta.
-Pensaba
que había confianza. -Dije con tono lastimoso, dándole a entender que aquel
juego a mí sí que me gustaba, y que yo lo jugaba porque pensaba que a ella
también. Si no era así, aquella era su oportunidad para dejarlo claro.
-¿A
sí? ¿Pues la Lorien, sabes?
-Sí.
-Esa
Lorien, sí. ¡Pues te la sacas de la cabeza! -Sabía que era inútil resistirme.
Ella
era una mujer muy enfadada con la que no podía hacer nadamás que acatar las
nuevas configuraciones que estaba tomando mi volátil cerebro, que tuvo que
elegir entre seguir intentando ligarme una chica que tenía novio, o ir a por
otra que me estaba diciendo en su forma particular, delante mío, que me deseaba
y que ella quería ser la única.
-Vale.
La olvido.
Además,
Mónica también tenía muy desarrollado su lado derecho intuitivo y femenino
cerebral. Quizás tenía razón en cosas que yo, como hombre, todavía no
comprendía. Y Lorien quizás era aún una niña que quería jugar a un juego que le
venía grande. ¡Y qué cojones! Mónica es un pedazo de mujer que se lo merece
todo, así que el cambio inesperado en el argumento de la historia no parecía
estar mal. Me sentí bien, y agradecí a la exigente Mónica el hecho de haberse
abierto de esa forma hacia mí.
-Gracias
por hablarme así, Mónica.
Y acto seguido me dirigí hacia donde estaba Lorien,
que no se perdía un solo detalle en segunda fila, con el objetivo de pedirle
disculpas sobre mi actuación alocada la última noche en que nos vimos. Pero
ella no quería hablar en ese momento. Se fue a la última fila en cuando vio que
yo me dirigía hacia ella.