dilluns, 2 de setembre del 2013

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Como siempre, hacía tarde en la oficina. Salí del portal de mi casa con la maleta del portátil colgada de mi ombro derecho. El coche, pensé. ¿Dónde lo aparqué ayer? Ah, sí. En la calle de la derecha. Suerte que trabajaba por objetivos y no tenía horarios fijos. Me disponía ya a entrar en la vorágine de las vías de comunicación en la hora punta de los alrededores de Barcelona. Mi mente cambiaba el modo de operación de persona libre y autónoma a entusiasmado del trabajo y admirador de la multinacional que pagaba mi sueldo a fin de mes. Era fácil hacerlo. Llevaba ya muchos años de práctica. Es más, incluso disfrutaba con el hecho de moverme entre personas influyentes, demostrar mis habilidades y obtener luego a ratos, su reconocimiento más o menos beneficioso para mí.

Mi mente ya iba con la determinación de comerse el truculento mundo de las empresas, cuando apareció aquella chica de mirada misteriosa que me había cruzado alguna vez en el bar. Era guapa, y también había algo que no podía explicar en ella. Se había cruzado por mi mente ya en numerosas ocasiones, y yo había sentido el miedo a una sensación ya conocida que normalente terminaba en dolor. Pero yo había crecido. Ya no era un un inocente joven que se dejaba encandilar por la espontánea belleza femenina. La miré en los ojos, con un sentimiento de lucha. Mi mente pensaba: eres guapa. ¿Sí, y qué? Lo que yo quiero va más allá de la belleza. Y no estoy dispuesto a sacrificarlo. Sus ojos grandes se acercaban a medida que caminábamos. Nada de conversaciones estúpidas. Voy a decirle con la mirada lo que quiero. Si lo entiende bien. Y si no, será que ella no es para mí, y por lo tanto me habré ahorrado sufrimientos inútiles. La rábia por no poder contener el recuerdo de nuestra antigua mirada, que volvía a mí de forma recurrente en los momentos más íntimos, perforó su retina mientras ella aguantaba estoicamente desde alguna alejada y desconocida ubicación. Estábamos a punto de cruzarnos. Ya no se podía mantener aquella mirada sin tener que parar. Y yo estaba decido a pasar de largo. Giré ligeramente la cabeza.
-Hola.
Oí una voz grave y profunda, que parecía no pertenecer a aquel grácil y jovial cuerpo femenino.
-¡Hola! - respondí yo, con mi más alegre simpatía.

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