Como siempre, hacía tarde en la
oficina. Salí del portal de mi casa con la maleta del portátil
colgada de mi ombro derecho. El coche, pensé. ¿Dónde lo
aparqué ayer? Ah, sí. En la calle de la derecha. Suerte que
trabajaba por objetivos y no tenía horarios fijos. Me disponía ya a
entrar en la vorágine de las vías de comunicación en la hora punta
de los alrededores de Barcelona. Mi mente cambiaba el modo de
operación de persona libre y autónoma a entusiasmado del
trabajo y admirador de la multinacional que pagaba mi sueldo a
fin de mes. Era fácil hacerlo. Llevaba ya muchos años de práctica.
Es más, incluso disfrutaba con el hecho de moverme entre personas
influyentes, demostrar mis habilidades y obtener luego a ratos, su
reconocimiento más o menos beneficioso para mí.
Mi mente ya iba con la determinación
de comerse el truculento mundo de las empresas, cuando apareció
aquella chica de mirada misteriosa que me había cruzado alguna vez
en el bar. Era guapa, y también había algo que no podía explicar
en ella. Se había cruzado por mi mente ya en numerosas ocasiones, y
yo había sentido el miedo a una sensación ya conocida que
normalente terminaba en dolor. Pero yo había crecido. Ya no era un
un inocente joven que se dejaba encandilar por la espontánea belleza
femenina. La miré en los ojos, con un sentimiento de lucha. Mi mente
pensaba: eres guapa. ¿Sí, y qué? Lo que yo quiero va más allá
de la belleza. Y no estoy dispuesto a sacrificarlo. Sus ojos
grandes se acercaban a medida que caminábamos. Nada
de conversaciones estúpidas. Voy a decirle con la mirada lo que
quiero. Si lo entiende bien. Y si no, será que ella no es para mí,
y por lo tanto me habré ahorrado sufrimientos inútiles.
La rábia por no poder contener el recuerdo de nuestra antigua
mirada, que volvía a mí de forma recurrente en los momentos más
íntimos, perforó su retina mientras ella aguantaba estoicamente
desde alguna alejada y desconocida ubicación. Estábamos a punto de
cruzarnos. Ya no se podía mantener aquella mirada sin tener que
parar. Y yo estaba decido a pasar de largo. Giré ligeramente la
cabeza.
-Hola.
Oí una voz grave y profunda, que
parecía no pertenecer a aquel grácil y jovial cuerpo femenino.
-¡Hola! - respondí yo, con mi más
alegre simpatía.
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