La Zodiac volaba por encima de las olas, planeando con su
pequeña quilla hinchable. Era uno de los primeros modelos de lanchas neumáticas, antes de que se inventasen las semirígidas con una quilla de fibra
de vidrio reforzado. Después de que una de las pequeñas olas nos impulsase a
los siete por los aires, venía la caída, que a veces hacía retorcerse a toda la
estructura neumática, y nos obligaba a tenernos a todos bien agarrados con dos
vueltas con nuestras manos en los tirantes que adornaban los enormes rodillos
en los que nos sentábamos. En cada golpe, nuestro culo se levantaba, dejaba de
sostenerse, para luego impactar bruscamente en la flexible goma gris al final
de la caída, mientras el motor Evinrude fueraborda de veinte caballos de
potencia rugía, escupiendo por la parte de atrás, el agua que su hélice
engullía. Nos dirigíamos a una cala situada detrás del Faro de Cala Nans, en
dirección a Rosas. Normalmente sólo íbamos mi padre, mi madre y mi hermana en
la Zodiac. Pero aquel día, invitamos a nuestros amigos japoneses, los Koyama.
El pintor Koyama, su mujer, y su hija de la edad de mi hermana. Koyama se
sentaba enfrente mío, mientras mi padre apretaba con fuerza la empuñadura del
gas del motor fueraborda. Koyama me miró, sonriendo.
-Ja ja- rió él, sin apartar la vista de mí. – Es como un caballo. Ja ja.
– Sus ojos se clavaban fijamente en los míos, después de su gran chiste tan
elocuente. Imbécil - pensé. No me hace gracia. Pero sus ojos seguían
mirándome fijamente, y no paraba de sonreír.
dimarts, 26 de març del 2013
dilluns, 18 de març del 2013
...
Yo estaba en segundo de BUP. Yo era de los bajitos de la
clase, una clase heterogénea con frikis, empollones, gamberros, pasotas,
creyentes... Uno de esos gamberros pasotas tirando a fascista se sorprendió al
verme en la clase de jiu-jitsu con mi flamante cinturón verde que acababa de
ganarme en el examen de paso de grado.
-¡Ostia! ¡Que éste hace jiujitsu! -Dijo a sus coleguillas
pasotas de la clase del instituto, con una mezcla de sorpresa y respeto. Él estuvo unas
clases en jujitsu aprendiendo lo básico, y al cabo de un mes, me tocó hacer
randori con él. Pesaría el doble que yo, era grandote y corpulento. Pero a mí
me daba rabia su actitud prepotente. Los compañeros del gimnasio se sentaron
con la espalda en la pared, y al otro lado se situó el sensei en posición zazen.
-¡Hajime!- gritó el sensei.
Ese era el tercer año en que practicaba jujitsu, y empezaba
a dominar las técnicas. Era un combate de judo en que no se valían golpes.
Aprovechando la inferior altura de mi centro de gravedad, giré rápidamente
semiflexionando las rodillas, entrando en contacto mi culo con la parte
superior de sus piernas mientras mis brazos arrastraban la parte superior de su
cuerpo de forma circular hacia el tatami, todo unido en la decisión mental,
ejecución física, y rabia emocional que impactaron en él, haciéndolo volar por
encima de mi cabeza.
-¡Ippon! – anotó el sensei.
Aquel hombre se merecía una lección. Después de aquello se
le bajaron los humos, al menos conmigo. Y luego dejó el jiujitsu.
diumenge, 17 de març del 2013
Conte per a nenes
Hi havia una vegada una noia, que tenia por del món, però
tenia unes molt bones amigues en les que hi podia confiar. Tenia un caràcter
fort, i de seguida passà a ser la líder d’aquell grup. Les seves amigues
l’estimaven, i ella les estimava també. Però ella seguia sentint por cap a un
món exterior fred i hostil, i no hi havia res com jugar amb les amigues i
muntar-se la festa juntes. Dos de les seves millors amigues acceptaven aquell
rol d’agrad, i cedien sovint la seva voluntat a les iniciatives que sortien de
la seva boca. Però aquella noia, tenia por. Tenia por de perdre allò que més
estimava: les seves amigues. I a la que s’apropava un intrús al seu grup, ella
veia trontollar el seu reialme. I aprofitava les dinàmiques que ella havia
construït, per assegurar-se de què ella pogués seguir tenint el control. I les
seves amigues, que també tenien por del món exterior, tot i ser molt maques i
intel·ligents, quedaven molt sovint acallades per la “paternitat” d’aquella
dona.
dimecres, 6 de març del 2013
...
Un cuadro me impactó sobremanera. Una plaza en medio de las
tortuosas calles empedradas de Cadaqués. La fachada estrecha de un edificio de
tres plantas, en medio de dos estrechas calles, parcialmente cubierta por una
vegetación verde que abría con exhuberancia las flores de un violeta intenso
que contrastaban de forma bella con el blanco típico de las casas.
-Koyama pinta de memoria- dijo mi padre, que contemplaba con
mi madre aquella obra.
-¿Qué quieres decir?-pregunté yo.
-Que no es como los pintores que ves a veces en la calle,
pintando el paisaje. Él observa, y luego va a su estudio, y pinta lo que antes
había visto.
¿Esto se puede hacer?, pensé. ¿Vaya tontería no? Si te
puedes sentar aquí en frente y pintar lo que ves, es más fácil, digo yo.
Pero el transcurrir de los años me fue enseñando porqué Koyama pintaba a posteriori. Irse a casa, mientras recordaba la escena que
quería pintar, era un paso necesario en su proceso creativo. A Koyama no le
interesaba pintar la realidad tal como la ve el ojo humano. Al estar la imagen
en su memoria, aquella dejaba de ser la realidad objetiva, y se convertía en la
realidad subjetiva. Luego él pintaba con el corazón, ayudado por el recuerdo
selectivo que sus sensaciones habían filtrado.
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