dissabte, 9 de novembre del 2013

Potencias de Diez


Me gustaba leer ciencia ficción. Me apasionaba todo aquello relaconado con el espacio, las estrellas. Me leí los tres tomos de Fundación de Isaac Asimov y algún que otro libro suyo de divulgación ciencífica, como El Universo, la historia sobre las concepciones de la humanidad sobre el universo, desde los clásicos griegos hasta los quásares, las supernovas y los púlsares. En las paredes de mi habitación colgaban dos pósteres: Uno representando el Big Bang, con una explosión a la izquierda, una nube de polvo, y las formaciones de las galáxias a la derecha, a medida que transcurrían los eones según el eje transversal. Otro era una fotografía de la nebulosa o cúmulo estelar que se conoce como La Nebulosa de Caballo. Mi padre, un día me regaló un libro: Potencias de Diez. Es un libro de fotografías que se van sucediendo desde un rincón del universo, y la siguiente fotografía es una ampliación de diez aumentos de la anterior. De esta forma, nos vamos acercando desde el espacio exterior hacia la vía láctea, de la vía lactea hasta el sistema solar, desde el sistema solar hasta la Tierra, desde la Tierra hasta norteamérica, desde norteamérica hasta Chicago, desde la gran ciudad hasta un pequeño parque enmedio del tráfico de vehículos, desde el parque hasta una pareja tumbada que hace la siesta, desde la pareja hasta la mano del hombre...

Entonces entramos dentro de los tejidos humanos. Traspasamos la piel, y nos encontramos con la sangre, células, moléculas...

Yo cerré el libro. ¿Era éste nuestro universo? Las fotografías habían hecho un recorrido lineal desde el espacio exterior hasta las células del cuerpo humano. ¿Ya está? ¿Sólo existe lo que puede ser fotografiado con telescopios o microscopios? ¿Y la mente? ¿Dónde estaba la mente? ¿Y las emociones? ¡En aquel universo no existían las emociones! Los únicos humanos fotografiados eran una pareja durmiendo enmedio de la ciudad...

¿Y el interior humano? Yo sabía que allí habían muchas cosas, algunas de ellas que empezaba a experimentar en la clase de jiujitsu. Fue entonces cuando me fui distanciando poco a poco del cientifismo académico en que quisieron educarme mis padres, y nunca terminé de leer El Universo de Isaac Asimov.


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