dijous, 3 d’abril del 2014

El octavo pasajero


Hubo un momento en que dije basta. Entregué un examen de química en blanco, y me fui a la biblioteca a mirar películas en versión original en una zona habilitada para ello con compartimientos individuales, pantalla, y cascos. Elegí Alien, El octavo pasajero, la película de Ridley Scott del año 1979, con asesoramiento estético del artista surrealista H.R. Giger. No la había visto nunca entera, y aquella era una buena ocasión. Mirando aquella película sentí que estaba desperdiciando mi vida estudiando en aquella universidad. Aquella película transmitía emociones, aquello que lamentablemente brillaba por su ausencia en aquel triste lugar. Hablaba de la vida, del miedo a lo desconocido, del valor, de la traición, del poder oculto de la industria militar que usaba un carguero comercial de cebo para capturar y estudiar una poderosa forma de vida no humana. Y me entraron ganas de escribir historias como aquella, metáforas de una realidad con múltiples caras que a veces, por miedo o inseguridad, no nos atrevemos a regalarnos el tiempo suficiente para apreciar en su esplendor, belleza y complejidad.