Carolina
vino a mi casa esa tarde, pero estaba en esos días en que la feminidad se renueva
a sí misma, así que estuvimos charlando tranquilamente e intimamos un poco.
Caricias suaves en la cama, besos, música chillout relajante... pero
ella se fue.
-Con
lo caliente que me has dejado tendré que estar dos horas masturbándome o dos
horas meditando.
-Puedes
hacer las dos cosas.- Dijo ella, con una cruel indiferencia.
Y
como que normalmente, las mujeres tienen razón, eso es lo que hice. Amenizando
el momento con un cigarrillo de marihuana de mi cosecha propia, pongo música New
Age para relajarme. Y allí pasó algo. El enorme deseo sexual que Carolina
me había infundido momentos antes, estaba dentro de mi cuerpo aprisionado en
mis sufridos genitales. Las técnicas taoistas de control de la eyaculación que
llevaba años practicando a ratos libres, las masoquistas luchas conmigo mismo
para no sobrepasar el punto de no retorno, y conseguir lo que se conoce
como surfear la ola, aquel día fueron inútiles. Pero entré en un estado
de paz y de armonía con el entorno que hicieron que pasase lo que tenía que pasar.
Yo siempre me sentí atraído por las filosofías orientales, por aquello de la
energía, la acupuntura china, pero mi modo de ver las cosas influenciado por la
sociedad occidental en la que me encontraba no me permitía creer con fe ciega
en aquellas mágicas historias. Fantasías, la necesidad del ser humano de creer
en algo que no ve. Pero yo instintivamente hacía ya muchos años que sabía de la
existencia del Chi, Prana o Kundalini. Quizás por eso hacia artes marciales, o
leía filosofía.
Pues
en ese momento el misterio de la vida se deslizó caprichosamente desde mi zona
genital, pasando no sé cómo hasta mi pierna derecha, donde se posó durante
largos minutos ante mi incrédulo asombro.