dimarts, 23 d’octubre del 2012

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Carolina vino a mi casa esa tarde, pero estaba en esos días en que la feminidad se renueva a sí misma, así que estuvimos charlando tranquilamente e intimamos un poco. Caricias suaves en la cama, besos, música chillout relajante... pero ella se fue.
-Con lo caliente que me has dejado tendré que estar dos horas masturbándome o dos horas meditando.
-Puedes hacer las dos cosas.- Dijo ella, con una cruel indiferencia.

Y como que normalmente, las mujeres tienen razón, eso es lo que hice. Amenizando el momento con un cigarrillo de marihuana de mi cosecha propia, pongo música New Age para relajarme. Y allí pasó algo. El enorme deseo sexual que Carolina me había infundido momentos antes, estaba dentro de mi cuerpo aprisionado en mis sufridos genitales. Las técnicas taoistas de control de la eyaculación que llevaba años practicando a ratos libres, las masoquistas luchas conmigo mismo para no sobrepasar el punto de no retorno, y conseguir lo que se conoce como surfear la ola, aquel día fueron inútiles. Pero entré en un estado de paz y de armonía con el entorno que hicieron que pasase lo que tenía que pasar. Yo siempre me sentí atraído por las filosofías orientales, por aquello de la energía, la acupuntura china, pero mi modo de ver las cosas influenciado por la sociedad occidental en la que me encontraba no me permitía creer con fe ciega en aquellas mágicas historias. Fantasías, la necesidad del ser humano de creer en algo que no ve. Pero yo instintivamente hacía ya muchos años que sabía de la existencia del Chi, Prana o Kundalini. Quizás por eso hacia artes marciales, o leía filosofía.

Pues en ese momento el misterio de la vida se deslizó caprichosamente desde mi zona genital, pasando no sé cómo hasta mi pierna derecha, donde se posó durante largos minutos ante mi incrédulo asombro.              

Lo que para mí era antes un pasatiempo, pasó a partir de ese momento a ser mi principal preocupación. ¿Cómo podía ser que aquello fuera cierto? Si me ha pasado esto és que hay muchas más cosas que no sé. Por suerte hoy en día hay internet, e hice un curso intensivo autodidacta de esoterismo, técnicas de meditación, y filosofía hermética. Incluso en la oficina, en donde estaba enganchado a alguna de esas páginas web haciendo ver que trabajaba.

dimarts, 16 d’octubre del 2012

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Sin duda la sombra de John Kennedy Toole planeó sobre mí desde la infancia. Leí varias veces la contraportada del libro amarillo que había en el apacible apartamento de Cadaqués en que veraneaban mis padres: La Conjura de los Necios. Pero no me atrevía a leerlo. Releía y releía el prólogo, donde te contaban que era una obra magnífica, hilarante, que el escritor era un genio, que había tenido un éxito abrumador. Los interrogantes se sucedían en mi cabeza sin poder obtener ninguna conclusión lógica. ¿Por qué entonces nadie quiso publicarla? ¿Por qué su autor terminaría suicidándose después de años de luchas con las editoriales, rehacer partes, modificar otras, sin conseguir, totalmente abatido ya, la tan anhelada recompensa? Estaba claro que en aquellas páginas existía una crítica muy ácida y veraz al conjunto de la sociedad americana de los años sesenta. Pero encontraría una explicación razonablemente lógica a lo sucedido si el escritor viviese en un país con algún tipo de régimen totalitario sin libertad de expresión como la URSS, la España Franquista, o la Cuba de Fidel. Pero él vivía en los Estados Unidos de América, paradigma de la libertad.

No recuerdo exactamente cuando tomé las fuerzas o agallas necesarias para entrar en el caótico mundo de Ignatius Reilly, pero lo que sí recuerdo és que al terminarlo, supe el porqué de mis temores. No sólo era una obra genial, sino una demoledora crítica feroz que no dejaba títere con cabeza. A través de sus personajes puestos al límite, realizaba un análisis psicológico de prácticamente todas las mentalidades existentes, que todavía hoy, forman parte de nuestra sociedad industrializada. A través de ese análisis psicológico en clave de humor, muestra magistralmente las contradicciones internas de todos ellos, de las cuales, ellos mismos no son conscientes. La incomunicación humana es el triste argumento que subyace a la estrafalaria y divertida trama. Una incomunicación real que se da entre padres, hijos, vecinos, trabajadores, y parejas. Una incomunicación que yo sufrí también en mi adolescencia. Sintiéndome identificado con el escritor una vez tuve el valor de leer el libro, me aparté conscientemente e inconscientemente del oficio de escritor, hasta que Ella me hizo comprender cuales eran mis temores y mis miedos más ocultos, animándome a superarlos.