dijous, 27 de juny del 2013

Dalí

Cadaqués estaba lleno de referencias a las imágenes de Dalí. El Don Quijote estilizado en el muro de un restaurante, el sofá en forma de labios de mujer en un cartel enunciando una exposición, los huevos de la casa de Port Lligat en donde mis padres fondeaban la zodiac...

Fui al museo de Figueras con la escuela, pero yo era demasiado pequeño como para poder tomar conciencia de aquel arte. Pero más tarde, yo debería de tener entre diez y trece años, volví con mi padre al museo. No recuerdo por qué, me separé de mi padre. Y entonces empecé a navegar solo por el museo de Figueras. Cada cuadro tenía vida, alma, y te transmitía cosas, sensaciones, que la mente a veces no encontraba explicación. Era como entrar en un mundo paralelo en dónde primaba el goce a los sentidos y la experiencia onírica. Pero no sólo eso. Dalí no solo pintaba los recovecos de su inconsciente, sino que también representaba su percepción sobre el caótico mundo político que le tocó vivir.

Un cuadro que premonizaba la segunda guerra mundial, con un retrato de Hitler con rostro firme y desafiante, un mural enorme con la cara de Abraham Lincoln hecha con fractales en miniatura de la misma foto...e innumerables escenas mezclando la oreografía del Cabo de Creus que yo conocía bien, con desnudos femeninos, contrastes de luz, nubes imposibles, relojes que se derretían al cambiar de plano...

Había un contraste enorme entre su obra y su persona. Sus poses bufonescas, aquellos cortometrajes de él diciendo tonterías, el bigote estilizado hacia arriba, los ojos abiertos... estaba claro que hacía un papel. Pero sus cuadros no engañaban a nadie. Allí había una percepción distinta de la realidad, una sensibilidad extranormal sobre la condición humana, que quizás solamente encontró las telas y los lienzos para poder expresarse.


Un día por televisión, dieron la noticia de que Dalí había muerto. Recuerdo la camilla que filmaron como su última imagen. Sentí como si aquello fuese necesario. Su vida implicaba aquella disociación aparentemente incomprensible entre su persona y su arte. Ahora todo formaba un pack del pasado, y la fuerza del renacer de la vida pedía otro enfoque para aquellos mensajes. 

Angie

Mi empresa cerró, y yo decidí dejar mi piso de Rubi y volver al pueblo de al lado. Una amiga mía vivía en una casa de la Floresta, que tenía un jardín enorme cerca del puesto de vigilancia forestal. Era la parte más alta de la Floresta, y desde el jardín habían unas vistas tremendas de todo el Vallés. Una de sus compañeras de la casa se iba, y yo aproveché para irme allí a vivir en la habitación que ella dejaba libre. Había también otra chica que no conocía en la casa, Angie. Nuestra empresa no podía pagar las nóminas, y me vería irremediablemente en el paro dentro de poco. También tuve la necesidad de volver a estar en compañía, después de un año de introspección viviendo solo, la primera vez en mi vida. Una soledad que me había ido fenomenal para que se aposentasen en mi mente ciertas historias y experiencias, aparte de empezar con la escritura y comprarme un bajo eléctrico para empezar también con la música. Pero mi cuerpo me pedía ahora que volviese a relacionarme con la gente, y una casa en la Floresta con dos chicas, más cerca del núcleo urbano en donde estaban mis amigos, era una oportunidad fenomenal. Así que hice el traslado de mis cosas, y empecé a disfrutar de aquellas vistas en medio del Parque Natural del Collserola.

No llevaba más de una semana en la casa, cuando realicé que mi amiga no era todo lo simpática que parecía desde el exterior. Y la otra compañera de la casa, resultó ser que nunca estaba en ella porque realizaba un programa de desintoxicación de heroína. Se llamaba Angie, y tenía tan solo 23 años. Se había juntado con la gente equivocada, entrando en el círculo vicioso de la droga.

Había nevado, y yo estaba delante de la hoguera mirando el fuego, triste por el hecho de realizar nadamás hecho el traslado, que no podía entenderme con mi amiga. Los troncos chisporroteaban, el rojo irradiaba calor por todo mi cuerpo, y el baile de las llamas me hipnotizaba, cuando alguien entró por la puerta. Era Angie con un amigo. Llevaba unas gafas grandes de sol. Intenté cambiar de cara para mostrarme todo lo amable que pude con ella.

-Hola, ets l’Ernest oi?
-Si, tu ets l’Angie. Encantat.

Nos dimos dos besos, y luego ella me presentó a su amigo. Parecía simpático y al mismo tiempo distante.

-Agafo unes coses y torno a marxar.
-Vale.

Ella estuvo un rato en su habitación, y yo hablé de cosas banales con su amigo. Luego se fueron. Al cabo de dos semanas tuve la triste noticia de que Angie había muerto por sobredosis de heroína.

Ella llevaba un año con tratamiento en una clínica de desintoxicación. Y ni los médicos ni los psicólogos pudieron o quisieron ayudar a aquella joven muchacha. Ella había salido una noche con amigos fuera de la clínica, y habían decidido tomarse una dosis. Una teoría sobre su muerte era que los fármacos que ella tomaba por el tratamiento habían reaccionado como una bomba con la heroína adulterada que se podía encontrar en el mercado negro. Ahora éramos dos en la casa, y yo no me llevaba bien con mi amiga. Tenía claro que dejaría esa vivienda, pero decidí esperar. Alquilamos la otra habitación a un chico, y yo me dediqué a mis cosas sin prestar demasiada atención a mis compañeros de la casa. En octubre volví a encontrar trabajo y entonces alquilé un piso para mi solo. Pero me llevé un recuerdo de aquella casa en medio del bosque del Collserola. Angie cultivaba marihuana para sacarse unos eurillos. Y al limpiar su habitación, vimos un bote de cristal con algunos restos y semillas. Yo tomé aquellas semillas, y las planté aquella primavera en el jardín. Salió una cosecha fenomenal. Desde entonces planto cada año los descendientes de aquellas semillas, y comparto los frutos con mis amigos.

-És molt bona aquesta marihuana, té un caliu especial, és molt terrenal, molt natural. Et conecta amb la terra...- Decía mi amigo.- Quina varietat és? Purple Haze? Super Skunk?
-No ho sé. -Respondía yo, mirando a mi amigo mientras le sonreía.-És una varietat específica de la Floresta.

Cada vez que cultivo marihuana, me cuido de guardar semillas para las siguientes generaciones. Así, Angie sigue viva. La verdad es que es una marihuana especial. Relaja, y al mismo tiempo activa la intuición y la creatividad. Entre más cosas...


             

dijous, 13 de juny del 2013

...

Estel era una niña de mi clase del parvulario. Un día, en el patio, se me desabrocharon los cordones de mi zapato. Pero yo todavía no sabía hacer el lazo con el que sujetar bien el zapato en el pie.

-Se m’ha descordat la sabata!- Estel se acercó.
-No et saps fer el llaç?
-No.
-Mira, es fa així.- Ella cojió los cordones, doblando uno, y haciendo una vuelta alrededor con el otro. Luego lo pasó por debajo, lo estiró por el medio, y  apretó simultáneamente los dos extremos doblados. Entonces el zapato volvió a estar bien sujeto otra vez en mi pie, con el lazo bien bonito en su parte superior. La miré, y ella me miró.
-Gràcies.- Le dije, y sonreímos los dos. Nunca más volví a llevar los zapatos desabrochados.

En aquella época había rivalidad entre los niños y las niñas. Las historias de los mayores que se juntaban entre hombres y mujeres, las considerábamos absurdas. ¿Quién quería juntarse con el sexo opuesto? Ellas actuaban de forma diferente, y no nos gustaban. Eran niñas, y eran nuestro enemigo.
Pero Estel era distinta. Si algún día tenía que casarme como acostumbran a hacer los adultos, sería con ella, decidí.

Yo seguí creciendo en aquella escuela pública experimental ubicada al lado de la facultad de magisterio. Los estudiantes de universidad hacían prácticas a menudo con nosotros, y en ella se vivía un tipo de euforia que quería emular la libertad y los valores sociales que se habían perdido después de la caída de la República Española. Estábamos en los años ochenta, pero hacía poco que en Catalunya se daban clases en Catalán, y las fuerzas liberales habían despertado del letargo franquista, uniéndose ahora abiertamente con las corrientes hippies que provenían del otro lado del atlántico.

En segundo de EGB, Estel desapareció de las clases. Y en sexto, volvió a aparecer. La profesora nos contó que aquella nueva compañera de clase era en realidad Estel, la chica que nos había dejado hacía cuatro años. Yo la miré. Evidentemente era distinta, pero fui recordando poco a poco a mi amiga de parvulario, recuperando también viejas sensaciones. La pubertad se acercaba, y ya no había la lucha abierta entre niños y niñas. Ahora nos gustaba hablar con ellas, y nos fascinaban aquellos bultos que les salían a algunas de ellas en la parte frontal del tronco. La profesora nos contó que Estel había estado viviendo en los Estados Unidos esos cuatro años, pues su padre se desplazó allí por trabajo, pero que ahora ella volvería a estar con nosotros, y que la tratásemos bien.

Ella causó un fuerte impacto en todos los chicos de la clase. No sólo era la chica más guapa, sino también la más madura, inteligente y divertida. Todos nos sentimos enamorados de ella en algún momento de nuestra entrada pubertad. El sexto de EGB dejó paso al séptimo, y el séptimo dejó paso al octavo. Ahora ya éramos los mayores. Eramos casi personas completas, y ya nos gustaba imitar la vida de los adultos. A veces íbamos al cine los de la clase, y luego nos viciábamos al New Park echando lo que nos había sobrado de las palomitas en las videoconsolas recreativas. Yo pero, era del pueblo de al lado, y pronto vi que el ambiente era bastante distinto, aunque los dos pueblos se tocasen, al lado del parque natural del Collserola. Mi amigo de toda la vida apareció un día con una navaja plegable del estilo llamado Mariposa, y en las horas del recreo aprendíamos a abrirla y a cerrarla con los juegos de muñeca que se precisaban para tal fin, apareciéndose el proceso mencionado al aleteo de las mariposas que daban el nombre a la navaja. Por aquel entonces yo ya había dejado la gimnasia deportiva y estaba aprendiendo jiu-jitsu. Mi profesor no quiso aceptarme en la clase cuando en séptimo le comenté un día mi deseo de aprender jiu-jitsu. Me dijo que tenía que esperar. Pero él organizaba unas sesiones didácticas los sábados por la mañana a las que yo asistía con entusiasmo, entrando lentamente en el misterioso mundo de las artes marciales japonesas. En octavo, yo estaba dispuesto a aprender jiu-jitsu en serio, sí o sí. Entré en mi gimnasio de toda la vida, y en el mostrador no estaba Jose, el profesor, sinó una de las chicas que daba las clases de aerobic.

- Que aquest any em vull cambiar a jiu-jitsu.
- Vale. Pues les clases son els dilluns i dimerces... t’apunto allá oi?
-Si.
-Vale, pues ja está. Ja li diré al Jose.
-Adéu

Me fui contento del gimnasio. El cambio ya estaba hecho, y aunque Jose tuviera recelos de enseñarme jiu-jitsu, yo ya estaba apuntado a su clase. Y era altamente improbable que él hiciese el procedimiento inverso. Así pues, yo ya empezaría a aprender aquello que me fascinaba. No solo era la habilidad para la lucha, sino también todo lo que envolvía las clases. Los kimonos blancos, la etiqueta, los saludos formales al profesor nada más empezar la clase, aquella postura superincómoda de sentarse de rodillas con el culo en los talones... y los nombres de las llaves en japonés.

Nuestra clase de octavo de EGB era más tranquilita, pero en la clase de al lado había un grupo peligroso. Un amigo de nuestra clase nos contó un día que uno de ellos había atracado con navaja a su hermano de dos años mayor que él, después de haberle dado una paliza entre unos cuantos a la salida del New Park. Su hermano había puesto una denuncia a la policía aupado por su familia, y el chico en cuestión ahora pasaba largas horas con la cabeza baja hablando con la tutora en las horas del recreo.

Una vez, después de ir al cine Kursaal con mis amigos, y esperar a que me recogiera mi padre con el coche, unos tres chavales mayores que yo empezaron a meterse conmigo. Yo no quería confrontación, y a la que pude ver la oportunidad, eché a correr perdiéndolos de vista.

Todos estábamos enamorados de Estel, la chica guapa de la clase. Pero ella era además, una chica diferente. Era fuerte, y no tenía inconveniente en pegar incluso a los chicos, cuando la hacían enfadar. Ella se apuntó también a unas clases de jiu-jitsu que se daban en un gimnasio de su pueblo, y a veces compartíamos conocimientos al terminar la escuela.

Una escuela que se terminaba. Una etapa de nuestra vida que se cerraba lentamente, con la incógnita del futuro. De nuestro futuro. Las uniones que se habían producido durante tantos años, estaban a punto de romperse para siempre. Yo continué con el bachillerato en un instituto de mi pueblo, y la mayoría se repartió entre los institutos del pueblo de al lado.



dilluns, 10 de juny del 2013

...

Invierno. Cadaqués. A las cuatro y media de la tarde, el sol se esconde tras las montañas. Después, hasta el crepúsculo, queda una hora de luz clara, muy suave. Luz y sombra ya no intervienen en el espacio como en pleno día. Yo he intentado captar el Cadaqués de ese momento.
Desde el día que llegué, mis hábitos orientales no han supuesto ningún obstáculo para pintar este paisaje. En las tierras de Extremo Oriente todo es muy distinto. Aire húmedo, colores monótonos. La naturaleza se percibe como velada. Aquí todo es contraste. Por ejemplo, los días de tramuntana. Esta diferencia era una provocación. Para resolver el dilema he utilizado la linea, superficies planas, matices diferentes.

Me siento nipón. Han pasado muchos años y dentro de mí no se ha producido ningún cambio. Tal vez no sea posible mezcla alguna. Sin embargo, Oriente y Occidente, dos extremos, no se confrontan, cohabitan en silencio. 


S. Koyama: Azucenas