dilluns, 11 de novembre del 2013

La Universidad


Llegué a la universidad después de subir un punto la nota en la selectividad, y empecé con Ingeniería Industrial en la UPC. Allí recibí un severo golpe moral. Yo estaba totalmente de acuerdo con las tesis de Nietzsche, es decir, que la sociedad moderna ha heredado una moral de esclavo del cristianismo, y que la industrialización ha llevado al hombre a ser una mera herramienta para la producción industrial olvidándose de sí mismo. Y sabía que Nietzsche no sabía nada sobre la producción industrial. Él era un filólogo. Así que yo iba a meterme dentro del entramado de la producción industrial de los finales del S. XX.

Pero topé con una cosa llamada fase selectiva. El primer curso lo tenías que aprovar en dos años, y sino, se consideraba que no eras apto para ser ingeniero. Una clase detrás de otra con matemáticas avanzadas, álgebra, cálculo, física, química, programación, sin dejar tiempo a la mente para asimilar los conceptos. Y luego los exámanes no tenían nada que ver con los ejercicios hechos en clase. Los profesores iban directamente, a joder.
--Sin ir a una academia es imposible-- Decían la mayoría de estudiantes.

Pues sí. En la universidad pública, tenías que pagar una academia privada que se nutria de aquella tortura inmensa de información que nadie entendía, y en la academia, previo pago, te lo explicaban bien. En resumen, podías intentar ir a los dos años lentamente, y hablando con los alumnos de las academisa privadas, se podía ir aprovando.

Pero yo sabía. Yo entendí lo que se estaba haciendo allí. Si la educación en el instituto era exclusivamente racionalista, omitiendo la parte creativida de la mente, en aquella universidad no solo seguía siendo racionalista, sinó que ante la amenaza de no superar la fase selectiva, tu vida dejaba de tener sentido, y tenías que estar las 24h estudiando, menos cuando dormias o comías. Yo me había culturizado un poco, y sabía que aquello era una de las aberraciones más grandes de la humanidad.

La imaginación es más importante que el conocimiento. --Alfred Einstein.

¿Algo sabrá el creador de la teoría más importante del siglo veinte no? También sabía que Edison, el inventor de la bombilla, que creó una burrada de patentes, no terminó los estudios.

Y es que yo pensé ingenuo que en la carrera de Ingeniería se fomentaría un poco la creatividad y la imaginación. Pues no. Lo que interesaba era crear hombres máquina, no creadores ni inventores. Sólo los que eran más máquina sobrevivían a la fase selectiva.

Yo sabía por mis padres que la biología era una mentira positivista, y ahora sabía que la Ingeniería no era para crear máquinas, sinó para moldear hombres a que actuasen como máquinas.

Con la carpeta que te regalaban al hacer la matrícula, había un punto de libro de un escritor catalán de principios de siglo que no recuerdo bien su nombre, con una cita suya que decía lo siguiente:

La libertad es un hábito.

Yo quise compartir aquella frase que me había parecido muy bonita con Eva, mi compañera de la clase.
--¿Qué piensas de ésta frase? --Ella se quedó pensando unos momentos.
--Yo no pienso en esas cosas. --Respondió al fin.

Evidentemente, las presiones en las que estábamos metidos no te dejaban tiempo para pensar sobre la libertad en la vida. Pero yo ya había estado en el infierno vacío de sentimientos de esta sociedad, y no estaba dispuesto a sacrificar mi libertad por obtener un papel que me acreditase como Ingeniero.

Evidentemente que la libertad es un hábito. Como todos los comportamientos humanos. Y en aquella carrera, en la educación en general se imponía la falta de libertad. Yo sabía hacia donde llegaba eso. A ser una persona esclava de las estructuras sociales que la han moldeado.

Entonces empecé a trabajar, a ganar un sueldo por mi mismo que me llevaría a la libertad.

El verano anterior yo había querido buscar trabajo, per mis padres no me dejaron. Querían pagarmelo todo ellos. Yo creo que tenía algo que ver con la libertad. Pero en menos de un año hice caso omiso a mis padres y empecé a ganrme un sueldo. Repartir pizzas era divertido. Estabas en el aire libre, conducía una motocicleta por mi pueblo, y me pagaban por ello. Y algunos clientes daban buenas propinas. Yo me sentía eufórico por ver de una forma tangible el fruto de mi trabajo y esfuerzo. Desde entonces que no dejé de trabajar. Seguí con los estudios, pero como algo secundario. Lo primero era el trabajo y largarme de casa. Dejé la carrera larga de cinco años e hice el traslado a la ingeniería técnica de tres años, pues de esta forma podía combinar mejor los estudios con el trabajo, y conseguir antes un título universitario. Hice de camarero, mozo de almacén, dependiente en una tienda de fotografía, y un día fuí a una entrevista a un trabajo misterioso que prometía felxibilidad horaria y altos ingresos. Se trataba de hacer de comercial puerta a puerta para una nueva compañia de teléfonos después de la liberación del sector. No había un sueldo fijo, y cobrabas por contratos hechos. ¿Por qué no? Pensé. Aquella era una forma de aprender un nuevo oficio, y trabajar las habilidades de comunicación y psicología aplicada que en los centros educativos son tan solo un producto de la fantasía de mentes ilusorias y dispersas. Me independicé de casa, y me pasaba las mañanas recorriendo los edificios de la gran ciudad proponiendo unos descuentos en la factura del teléfono. Por las tardes iba a la universidad. Al principio fue duro, pero aquella era una estructura en red, en la que los superiores cobraban una pequeña comisión por los contratos que conseguías. Ello provocaba que se esforzasen para enseñar a sus vendedores. Al cabo de poco adquirí una técnica para caer simpático a la gente, y más cosas sobre técnicas de venta que rallan las convenciones o valores morales... pero yo sentía limpia mi conciencia porque no estaba vendiendo un producto caro. Únicamente era conseguir que el cliente pagara a otra compañia en vez de la monopolista Telefónica. Incluso sentía que hacía una labor social al romper el monopolio de Telefónica. Una de las primeras técnicas de venta que te enseñan es que hay que creerse que el producto es bueno. Si el consumidor nota dudas en tu explicación, por muy sutiles que sean, te aseguro yo que no te va a comprar. La mayoría de veces estas señales funcionan a nivel inconsciente, y por lo tanto, la única manera de evitar que salgan a la superfície es hacer un ejercicio previo de autosugestión para estar absolutamente convencido de que aquel producto es beneficioso para el cliente, y transmitirlo con el tono de voz, el entusiasmo, y seguridad adecuados. La mayoría de vendedores en esta sociedad consumista es plenamente consciente de ésto, y lo hacen a menudo. Hay vendedores que son un poco más sinceros, y prefieren que el cliente salga satisfecho antes que el volumen de la compra, pero tengo que informar que son minoría. Vivimos, lo recuerdo, en una sociedad que se fudamenta en el beneficio inmediato, no en el beneficio a medio o largo plazo.

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