Llegué a la universidad después de
subir un punto la nota en la selectividad, y empecé con Ingeniería
Industrial en la UPC. Allí recibí un severo golpe moral. Yo estaba
totalmente de acuerdo con las tesis de Nietzsche, es decir, que la
sociedad moderna ha heredado una moral de esclavo del cristianismo, y
que la industrialización ha llevado al hombre a ser una mera
herramienta para la producción industrial olvidándose de sí mismo.
Y sabía que Nietzsche no sabía nada sobre la producción
industrial. Él era un filólogo. Así que yo iba a meterme
dentro del entramado de la producción industrial de los finales del
S. XX.
Pero topé con una cosa llamada fase
selectiva. El primer curso lo tenías que aprovar en dos años, y
sino, se consideraba que no eras apto para ser ingeniero. Una clase
detrás de otra con matemáticas avanzadas, álgebra, cálculo,
física, química, programación, sin dejar tiempo a la mente para
asimilar los conceptos. Y luego los exámanes no tenían nada que ver
con los ejercicios hechos en clase. Los profesores iban directamente,
a joder.
--Sin ir a una academia es imposible--
Decían la mayoría de estudiantes.
Pues sí. En la universidad pública,
tenías que pagar una academia privada que se nutria de aquella
tortura inmensa de información que nadie entendía, y en la
academia, previo pago, te lo explicaban bien. En resumen, podías
intentar ir a los dos años lentamente, y hablando con los alumnos de
las academisa privadas, se podía ir aprovando.
Pero yo sabía. Yo entendí lo que se
estaba haciendo allí. Si la educación en el instituto era
exclusivamente racionalista, omitiendo la parte creativida de la
mente, en aquella universidad no solo seguía siendo racionalista,
sinó que ante la amenaza de no superar la fase selectiva, tu vida
dejaba de tener sentido, y tenías que estar las 24h estudiando,
menos cuando dormias o comías. Yo me había culturizado un poco, y
sabía que aquello era una de las aberraciones más grandes de la
humanidad.
La imaginación es más
importante que el conocimiento. --Alfred Einstein.
¿Algo sabrá el creador de la teoría
más importante del siglo veinte no? También sabía que Edison, el
inventor de la bombilla, que creó una burrada de patentes, no
terminó los estudios.
Y es que yo pensé ingenuo que en la
carrera de Ingeniería se fomentaría un poco la creatividad y la
imaginación. Pues no. Lo que interesaba era crear hombres máquina,
no creadores ni inventores. Sólo los que eran más máquina
sobrevivían a la fase selectiva.
Yo sabía por mis padres que la
biología era una mentira positivista, y ahora sabía que la
Ingeniería no era para crear máquinas, sinó para moldear hombres a
que actuasen como máquinas.
Con la carpeta que te regalaban al
hacer la matrícula, había un punto de libro de un escritor catalán
de principios de siglo que no recuerdo bien su nombre, con una cita
suya que decía lo siguiente:
La libertad es un hábito.
Yo quise compartir aquella frase que me
había parecido muy bonita con Eva, mi compañera de la clase.
--¿Qué piensas de ésta frase? --Ella
se quedó pensando unos momentos.
--Yo no pienso en esas cosas.
--Respondió al fin.
Evidentemente, las presiones en las que
estábamos metidos no te dejaban tiempo para pensar sobre la libertad
en la vida. Pero yo ya había estado en el infierno vacío de
sentimientos de esta sociedad, y no estaba dispuesto a sacrificar mi
libertad por obtener un papel que me acreditase como Ingeniero.
Evidentemente que la libertad es un
hábito. Como todos los comportamientos humanos. Y en aquella
carrera, en la educación en general se imponía la falta de
libertad. Yo sabía hacia donde llegaba eso. A ser una persona
esclava de las estructuras sociales que la han moldeado.
Entonces empecé a trabajar, a ganar un
sueldo por mi mismo que me llevaría a la libertad.
El verano anterior yo había querido
buscar trabajo, per mis padres no me dejaron. Querían pagarmelo todo
ellos. Yo creo que tenía algo que ver con la libertad. Pero en menos
de un año hice caso omiso a mis padres y empecé a ganrme un sueldo.
Repartir pizzas era divertido. Estabas en el aire libre, conducía
una motocicleta por mi pueblo, y me pagaban por ello. Y algunos
clientes daban buenas propinas. Yo me sentía eufórico por ver de
una forma tangible el fruto de mi trabajo y esfuerzo. Desde entonces
que no dejé de trabajar. Seguí con los estudios, pero como algo
secundario. Lo primero era el trabajo y largarme de casa. Dejé la
carrera larga de cinco años e hice el traslado a la ingeniería
técnica de tres años, pues de esta forma podía combinar mejor los
estudios con el trabajo, y conseguir antes un título universitario.
Hice de camarero, mozo de almacén, dependiente en una tienda de
fotografía, y un día fuí a una entrevista a un trabajo misterioso
que prometía felxibilidad horaria y altos ingresos. Se trataba de
hacer de comercial puerta a puerta para una nueva compañia de
teléfonos después de la liberación del sector. No había un sueldo
fijo, y cobrabas por contratos hechos. ¿Por qué no? Pensé. Aquella
era una forma de aprender un nuevo oficio, y trabajar las habilidades
de comunicación y psicología aplicada que en los centros educativos
son tan solo un producto de la fantasía de mentes ilusorias y
dispersas. Me independicé de casa, y me pasaba las mañanas
recorriendo los edificios de la gran ciudad proponiendo unos
descuentos en la factura del teléfono. Por las tardes iba a la
universidad. Al principio fue duro, pero aquella era una estructura
en red, en la que los superiores cobraban una pequeña comisión por
los contratos que conseguías. Ello provocaba que se esforzasen para
enseñar a sus vendedores. Al cabo de poco adquirí una técnica para
caer simpático a la gente, y más cosas sobre técnicas de venta que
rallan las convenciones o valores morales... pero yo sentía limpia
mi conciencia porque no estaba vendiendo un producto caro. Únicamente
era conseguir que el cliente pagara a otra compañia en vez de la
monopolista Telefónica. Incluso sentía que hacía una labor social
al romper el monopolio de Telefónica. Una de las primeras técnicas
de venta que te enseñan es que hay que creerse que el producto es
bueno. Si el consumidor nota dudas en tu explicación, por muy
sutiles que sean, te aseguro yo que no te va a comprar. La mayoría
de veces estas señales funcionan a nivel inconsciente, y por lo
tanto, la única manera de evitar que salgan a la superfície es
hacer un ejercicio previo de autosugestión para estar absolutamente
convencido de que aquel producto es beneficioso para el cliente, y
transmitirlo con el tono de voz, el entusiasmo, y seguridad
adecuados. La mayoría de vendedores en esta sociedad consumista es
plenamente consciente de ésto, y lo hacen a menudo. Hay vendedores
que son un poco más sinceros, y prefieren que el cliente salga
satisfecho antes que el volumen de la compra, pero tengo que informar
que son minoría. Vivimos, lo recuerdo, en una sociedad que se
fudamenta en el beneficio inmediato, no en el beneficio a medio o
largo plazo.
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