dilluns, 19 d’agost del 2013

LPF


Henry Estaba escondido detrás de unos matorrales. Veía el vigilante que hacía guardia. Tenía que eliminar al centinela sin hacer ruido, pues con la pistola podía despertar a los demás, echando a perder la misión. Sacó el cuchillo, y se lo metió entre los dientes. Los alemanes habían entrado a sus anchas en territorio francés, y aquella era una oportunidad para ganar tiempo y retrasar la invasión nazi. El odio que sentía hacia los alemanes empezó a subir desde su pecho, y en sus ojos se veía la determinación de que haría lo que tenía que hacer sin ningún remordimiento de conciencia. Él no era creyente, pero la sangre judía que corría por sus venas le daba fuerza para arriesgar su vida en aquella guerra. Si Francia era ocupada, muchos de sus amigos serían ejecutados sin más, únicamente por compartir sus genes. Aquella era una guerra loca. Henry había aprendido jujitsu del maestro Kawaishi, que tuvo que volver al Japón al declararse la guerra. Él admiraba la dedicación y perseverancia que su sensei le había transmitido en sus clases. Y prefería entrenar en el gimnasio aprendiendo de la cultura japonesa que ir a la sinagoga con sus familiares. Henry no lo comprendía, peró Japón se había alineado con los alemanes. Él, el tercer cinturón negro de Francia, sabía como eran, los japoneses. Y sabía que querían enseñar al mundo unas prácticas que llevaban como objetivo del desarrollo humano y personal. Todo lo contrario de hacia adonde aquella funesta guerra las estaba llevando. Pero él no había decidido empezarla. Arrastrándose sigilosamente llegó hasta un metro del soldado alemán. Luego se levantó despacio, agarró el cuchillo con su mano derecha, y con un golpe seco rasgó su garganta en el mismo momento en que acallaba con la izquierda el último impulso vital de su enemigo.

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