Henry
Estaba escondido detrás de unos matorrales. Veía el vigilante que
hacía guardia. Tenía que eliminar al centinela sin hacer ruido,
pues con la pistola podía despertar a los demás, echando a perder
la misión. Sacó el cuchillo, y se lo metió entre los dientes. Los
alemanes habían entrado a sus anchas en territorio francés, y
aquella era una oportunidad para ganar tiempo y retrasar la invasión
nazi. El odio que sentía hacia los alemanes empezó a subir desde su
pecho, y en sus ojos se veía la determinación de que haría lo que
tenía que hacer sin ningún remordimiento de conciencia. Él no era
creyente, pero la sangre judía que corría por sus venas le daba
fuerza para arriesgar su vida en aquella guerra. Si Francia era
ocupada, muchos de sus amigos serían ejecutados sin más, únicamente
por compartir sus genes. Aquella era una guerra loca. Henry había
aprendido jujitsu del maestro Kawaishi, que tuvo que volver al Japón
al declararse la guerra. Él admiraba la dedicación y perseverancia
que su sensei le había transmitido en sus clases. Y prefería
entrenar en el gimnasio aprendiendo de la cultura japonesa que ir a
la sinagoga con sus familiares. Henry no lo comprendía, peró Japón
se había alineado con los alemanes. Él, el tercer cinturón negro
de Francia, sabía como eran, los japoneses. Y sabía que querían
enseñar al mundo unas prácticas que llevaban como objetivo
del desarrollo humano y personal. Todo lo contrario de hacia adonde
aquella funesta guerra las estaba llevando. Pero él no había
decidido empezarla. Arrastrándose sigilosamente llegó hasta un
metro del soldado alemán. Luego se levantó despacio, agarró el
cuchillo con su mano derecha, y con un golpe seco rasgó su garganta
en el mismo momento en que acallaba con la izquierda el último
impulso vital de su enemigo.
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