diumenge, 18 d’agost del 2013

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Pepe había desertado de la federación de Judo desde hacía tiempo, y enseñaba algo que podría definirse como jujitsu tradicional japonés aplicado a defensa personal. Yo ahora ya iba a la universidad, y con el cinturón marrón que ostentaba desde hacía unos meses, era ya uno de los alumnos con más conocimientos. Pero quería más. 

-M'agradaria fer algo diferent a les clases. Sempre fem lo mateix.- Le dije a mi profesor después de una clase.- Fa temps que no fem combats de judo. I podriem fer algun dia combats de karate - continué expresando mis deseos a mi profesor. Pepe guardó unos segundos de silencio meditativo.

-Ja ho entenc. - Me dijo él con un aire de tristeza. - Però si anem en serio la gent deixarà de venir a les classes.- Estem a Sant Cugat, Bernat.- Continuó.- No puc ensenyar en serio aquí perquè acabaria amb el gimnás buit. 

-Però jo vull aprendre més! Sento com si estigués estancat!
-Si vols aprendre més haurás d'anar a Barcelona, o a Ciutat Badia. Allà hi ha un bon club de judo.

Aquel día me fui triste del gimnasio. Yo tenía el cinturón marrón con diecinueve años, y sentí que no quería obtener el cinturón negro. Al caminar en dirección a mi casa, recordé las palabras de mi profesor de hacía tiempo:

-El cinturón negro significa que eres maestro.

Yo no quería ser maestro de aquello. Aprendiendo cuatro movimientos más podía conseguir el cinturón, pero yo sabía que aquel examen no me haría Maestro.

Maestro. Aquellas palabras resonaban en mi cabeza. ¿Maestro de qué?

Otras palabras sabias de mi profesor me venían ahora a la cabeza.

-El cementiri està ple d'enginyers morts.

Cierto. Y yo ahora era estudiante precisamente de Ingeniería Industrial. Quizás mi profesor sentía celos ante la gente que se creía importante por el simple hecho de tener un título universitatrio o un buen sueldo con un trabajo reconocido sociamente. Él era un inmigrante de Extremadura que había venido de joven a trabajar a Barcelona en la construcción. Se formó paralelamente en educación física y artes marciales, pero quizás notaba que él era tratado como inferior en esta sociedad. Ahora él era un empresario de éxito y tenía su gimnasio, pero se apreciaba rencor en sus palabras.

Estaba claro que había un problema en esta sociedad. Y también estaba claro que había un abismo entre lo que estaba bien visto y aceptado como éxito, y los valores que él habia intentado transmitir en sus clases, y fuera de ellas. Un abismo demasiado a menudo irreconciliable. Ahora llegaron a mi memoria otras palabras con las que deleitaba a sus alumnos después de una buena ducha, antes de que todos nos despidiéramos de él. Era cuando empezaba a estar de moda el Tai-chi en España. Eran los años 90...

-Tai-chi?- preguntó burlón. Jo si voleu us ensenyo Tai-Chi. Es tracta d'allargar els moviments fent-los infinits... -Continuó, con aquella seguridad que imprimía siempre en sus palabras. El desdén con el que había tratado aquella disciplina marcial o ejercicios de relajación me sorprendió mucho. ¿Podía ser que él supiese tanto, hasta el punto de desengranar lo esencial en cualquier método, con apenas unos pocos vistazos?

De cualquier manera, yo no había podido ver lo esencial todavía en las artes marciales japonesas. Intuía cosas, y había muchas más que se me escapaban. Pero yo estaba en una sociedad occidental, y la tristeza con que Pepe había hablado de su método de entrenamiento me había dado un aviso. ¿Para qué seguir con las artes marciales? ¿De qué sirve llegar a ser una máquina de matar en nuestra sociedad industrializada? No comprendía muchas cosas de las artes marciales. Pero del funcionamiento de los engranajes de la sociedad en dónde vivia todavía se me escapaban más cosas... habría que investigar concienzudamente... y dejar el budo.













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