Pepe había desertado de la federación
de Judo desde hacía tiempo, y enseñaba algo que podría definirse
como jujitsu tradicional japonés aplicado a defensa personal. Yo
ahora ya iba a la universidad, y con el cinturón marrón que
ostentaba desde hacía unos meses, era ya uno de los alumnos con más
conocimientos. Pero quería más.
-M'agradaria fer algo diferent a les
clases. Sempre fem lo mateix.- Le dije a mi profesor después de una
clase.- Fa temps que no fem combats de judo. I podriem fer algun dia
combats de karate - continué expresando mis deseos a mi profesor.
Pepe guardó unos segundos de silencio meditativo.
-Ja ho entenc. - Me dijo él con un
aire de tristeza. - Però si anem en serio la gent deixarà de venir
a les classes.- Estem a Sant Cugat, Bernat.- Continuó.- No puc
ensenyar en serio aquí perquè acabaria amb el gimnás buit.
-Però jo vull aprendre més! Sento com
si estigués estancat!
-Si vols aprendre més haurás d'anar a
Barcelona, o a Ciutat Badia. Allà hi ha un bon club de judo.
Aquel día me fui triste del gimnasio.
Yo tenía el cinturón marrón con diecinueve años, y sentí que no
quería obtener el cinturón negro. Al caminar en dirección a mi
casa, recordé las palabras de mi profesor de hacía tiempo:
-El cinturón negro significa que
eres maestro.
Yo no quería ser maestro de aquello.
Aprendiendo cuatro movimientos más podía conseguir el cinturón, pero yo sabía que aquel examen no me haría Maestro.
Maestro. Aquellas palabras
resonaban en mi cabeza. ¿Maestro de qué?
Otras palabras sabias de mi profesor me
venían ahora a la cabeza.
-El cementiri està ple d'enginyers
morts.
Cierto. Y yo ahora era estudiante
precisamente de Ingeniería Industrial. Quizás mi profesor sentía
celos ante la gente que se creía importante por el simple hecho de
tener un título universitatrio o un buen sueldo con un trabajo
reconocido sociamente. Él era un inmigrante de Extremadura que había
venido de joven a trabajar a Barcelona en la construcción. Se formó
paralelamente en educación física y artes marciales, pero quizás
notaba que él era tratado como inferior en esta sociedad. Ahora él
era un empresario de éxito y tenía su gimnasio, pero se apreciaba
rencor en sus palabras.
Estaba claro que había un problema en
esta sociedad. Y también estaba claro que había un abismo entre lo
que estaba bien visto y aceptado como éxito, y los valores
que él habia intentado transmitir en sus clases, y fuera de ellas.
Un abismo demasiado a menudo irreconciliable. Ahora llegaron a mi
memoria otras palabras con las que deleitaba a sus alumnos después
de una buena ducha, antes de que todos nos despidiéramos de él. Era
cuando empezaba a estar de moda el Tai-chi en España. Eran
los años 90...
-Tai-chi?- preguntó burlón. Jo si
voleu us ensenyo Tai-Chi. Es tracta d'allargar els moviments
fent-los infinits... -Continuó, con aquella seguridad que imprimía
siempre en sus palabras. El desdén con el que había tratado aquella
disciplina marcial o
ejercicios de relajación me sorprendió mucho. ¿Podía ser que
él supiese tanto, hasta el punto de desengranar lo esencial en
cualquier método, con apenas unos pocos vistazos?
De cualquier manera, yo no había
podido ver lo esencial todavía en las artes marciales japonesas.
Intuía cosas, y había muchas más que se me escapaban. Pero yo
estaba en una sociedad occidental, y la tristeza con que Pepe había
hablado de su método de entrenamiento me había dado un aviso.
¿Para qué seguir con las artes marciales? ¿De qué sirve llegar a
ser una máquina de matar en nuestra sociedad industrializada? No
comprendía muchas cosas de las artes marciales. Pero del
funcionamiento de los engranajes de la sociedad en dónde vivia
todavía se me escapaban más cosas... habría que investigar
concienzudamente... y dejar el budo.

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