dimecres, 6 de març del 2013

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Un cuadro me impactó sobremanera. Una plaza en medio de las tortuosas calles empedradas de Cadaqués. La fachada estrecha de un edificio de tres plantas, en medio de dos estrechas calles, parcialmente cubierta por una vegetación verde que abría con exhuberancia las flores de un violeta intenso que contrastaban de forma bella con el blanco típico de las casas.
-Koyama pinta de memoria- dijo mi padre, que contemplaba con mi madre aquella obra.
-¿Qué quieres decir?-pregunté yo.
-Que no es como los pintores que ves a veces en la calle, pintando el paisaje. Él observa, y luego va a su estudio, y pinta lo que antes había visto.
¿Esto se puede hacer?, pensé. ¿Vaya tontería no? Si te puedes sentar aquí en frente y pintar lo que ves, es más fácil, digo yo.

Pero el transcurrir de los años me fue enseñando porqué Koyama pintaba a posteriori. Irse a casa, mientras recordaba la escena que quería pintar, era un paso necesario en su proceso creativo. A Koyama no le interesaba pintar la realidad tal como la ve el ojo humano. Al estar la imagen en su memoria, aquella dejaba de ser la realidad objetiva, y se convertía en la realidad subjetiva. Luego él pintaba con el corazón, ayudado por el recuerdo selectivo que sus sensaciones habían filtrado. 

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