Un cuadro me impactó sobremanera. Una plaza en medio de las
tortuosas calles empedradas de Cadaqués. La fachada estrecha de un edificio de
tres plantas, en medio de dos estrechas calles, parcialmente cubierta por una
vegetación verde que abría con exhuberancia las flores de un violeta intenso
que contrastaban de forma bella con el blanco típico de las casas.
-Koyama pinta de memoria- dijo mi padre, que contemplaba con
mi madre aquella obra.
-¿Qué quieres decir?-pregunté yo.
-Que no es como los pintores que ves a veces en la calle,
pintando el paisaje. Él observa, y luego va a su estudio, y pinta lo que antes
había visto.
¿Esto se puede hacer?, pensé. ¿Vaya tontería no? Si te
puedes sentar aquí en frente y pintar lo que ves, es más fácil, digo yo.
Pero el transcurrir de los años me fue enseñando porqué Koyama pintaba a posteriori. Irse a casa, mientras recordaba la escena que
quería pintar, era un paso necesario en su proceso creativo. A Koyama no le
interesaba pintar la realidad tal como la ve el ojo humano. Al estar la imagen
en su memoria, aquella dejaba de ser la realidad objetiva, y se convertía en la
realidad subjetiva. Luego él pintaba con el corazón, ayudado por el recuerdo
selectivo que sus sensaciones habían filtrado.
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