Yo estaba en segundo de BUP. Yo era de los bajitos de la
clase, una clase heterogénea con frikis, empollones, gamberros, pasotas,
creyentes... Uno de esos gamberros pasotas tirando a fascista se sorprendió al
verme en la clase de jiu-jitsu con mi flamante cinturón verde que acababa de
ganarme en el examen de paso de grado.
-¡Ostia! ¡Que éste hace jiujitsu! -Dijo a sus coleguillas
pasotas de la clase del instituto, con una mezcla de sorpresa y respeto. Él estuvo unas
clases en jujitsu aprendiendo lo básico, y al cabo de un mes, me tocó hacer
randori con él. Pesaría el doble que yo, era grandote y corpulento. Pero a mí
me daba rabia su actitud prepotente. Los compañeros del gimnasio se sentaron
con la espalda en la pared, y al otro lado se situó el sensei en posición zazen.
-¡Hajime!- gritó el sensei.
Ese era el tercer año en que practicaba jujitsu, y empezaba
a dominar las técnicas. Era un combate de judo en que no se valían golpes.
Aprovechando la inferior altura de mi centro de gravedad, giré rápidamente
semiflexionando las rodillas, entrando en contacto mi culo con la parte
superior de sus piernas mientras mis brazos arrastraban la parte superior de su
cuerpo de forma circular hacia el tatami, todo unido en la decisión mental,
ejecución física, y rabia emocional que impactaron en él, haciéndolo volar por
encima de mi cabeza.
-¡Ippon! – anotó el sensei.
Aquel hombre se merecía una lección. Después de aquello se
le bajaron los humos, al menos conmigo. Y luego dejó el jiujitsu.
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