dilluns, 18 de març del 2013

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Yo estaba en segundo de BUP. Yo era de los bajitos de la clase, una clase heterogénea con frikis, empollones, gamberros, pasotas, creyentes... Uno de esos gamberros pasotas tirando a fascista se sorprendió al verme en la clase de jiu-jitsu con mi flamante cinturón verde que acababa de ganarme en el examen de paso de grado.
-¡Ostia! ¡Que éste hace jiujitsu! -Dijo a sus coleguillas pasotas de la clase del instituto, con una mezcla de sorpresa y respeto. Él estuvo unas clases en jujitsu aprendiendo lo básico, y al cabo de un mes, me tocó hacer randori con él. Pesaría el doble que yo, era grandote y corpulento. Pero a mí me daba rabia su actitud prepotente. Los compañeros del gimnasio se sentaron con la espalda en la pared, y al otro lado se situó el sensei en posición zazen.
-¡Hajime!- gritó el sensei.
Ese era el tercer año en que practicaba jujitsu, y empezaba a dominar las técnicas. Era un combate de judo en que no se valían golpes. Aprovechando la inferior altura de mi centro de gravedad, giré rápidamente semiflexionando las rodillas, entrando en contacto mi culo con la parte superior de sus piernas mientras mis brazos arrastraban la parte superior de su cuerpo de forma circular hacia el tatami, todo unido en la decisión mental, ejecución física, y rabia emocional que impactaron en él, haciéndolo volar por encima de mi cabeza.
-¡Ippon! – anotó el sensei.
Aquel hombre se merecía una lección. Después de aquello se le bajaron los humos, al menos conmigo. Y luego dejó el jiujitsu.

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