dimarts, 26 de març del 2013

Revelacions


La Zodiac volaba por encima de las olas, planeando con su pequeña quilla hinchable. Era uno de los primeros modelos de lanchas neumáticas, antes de que se inventasen las semirígidas con una quilla de fibra de vidrio reforzado. Después de que una de las pequeñas olas nos impulsase a los siete por los aires, venía la caída, que a veces hacía retorcerse a toda la estructura neumática, y nos obligaba a tenernos a todos bien agarrados con dos vueltas con nuestras manos en los tirantes que adornaban los enormes rodillos en los que nos sentábamos. En cada golpe, nuestro culo se levantaba, dejaba de sostenerse, para luego impactar bruscamente en la flexible goma gris al final de la caída, mientras el motor Evinrude fueraborda de veinte caballos de potencia rugía, escupiendo por la parte de atrás, el agua que su hélice engullía. Nos dirigíamos a una cala situada detrás del Faro de Cala Nans, en dirección a Rosas. Normalmente sólo íbamos mi padre, mi madre y mi hermana en la Zodiac. Pero aquel día, invitamos a nuestros amigos japoneses, los Koyama. El pintor Koyama, su mujer, y su hija de la edad de mi hermana. Koyama se sentaba enfrente mío, mientras mi padre apretaba con fuerza la empuñadura del gas del motor fueraborda. Koyama me miró, sonriendo.
-Ja ja- rió él, sin apartar la vista de mí. – Es como un caballo. Ja ja. – Sus ojos se clavaban fijamente en los míos, después de su gran chiste tan elocuente. Imbécil - pensé. No me hace gracia. Pero sus ojos seguían mirándome fijamente, y no paraba de sonreír.

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