La Zodiac volaba por encima de las olas, planeando con su
pequeña quilla hinchable. Era uno de los primeros modelos de lanchas neumáticas, antes de que se inventasen las semirígidas con una quilla de fibra
de vidrio reforzado. Después de que una de las pequeñas olas nos impulsase a
los siete por los aires, venía la caída, que a veces hacía retorcerse a toda la
estructura neumática, y nos obligaba a tenernos a todos bien agarrados con dos
vueltas con nuestras manos en los tirantes que adornaban los enormes rodillos
en los que nos sentábamos. En cada golpe, nuestro culo se levantaba, dejaba de
sostenerse, para luego impactar bruscamente en la flexible goma gris al final
de la caída, mientras el motor Evinrude fueraborda de veinte caballos de
potencia rugía, escupiendo por la parte de atrás, el agua que su hélice
engullía. Nos dirigíamos a una cala situada detrás del Faro de Cala Nans, en
dirección a Rosas. Normalmente sólo íbamos mi padre, mi madre y mi hermana en
la Zodiac. Pero aquel día, invitamos a nuestros amigos japoneses, los Koyama.
El pintor Koyama, su mujer, y su hija de la edad de mi hermana. Koyama se
sentaba enfrente mío, mientras mi padre apretaba con fuerza la empuñadura del
gas del motor fueraborda. Koyama me miró, sonriendo.
-Ja ja- rió él, sin apartar la vista de mí. – Es como un caballo. Ja ja.
– Sus ojos se clavaban fijamente en los míos, después de su gran chiste tan
elocuente. Imbécil - pensé. No me hace gracia. Pero sus ojos seguían
mirándome fijamente, y no paraba de sonreír.
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