dijous, 13 de juny del 2013

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Estel era una niña de mi clase del parvulario. Un día, en el patio, se me desabrocharon los cordones de mi zapato. Pero yo todavía no sabía hacer el lazo con el que sujetar bien el zapato en el pie.

-Se m’ha descordat la sabata!- Estel se acercó.
-No et saps fer el llaç?
-No.
-Mira, es fa així.- Ella cojió los cordones, doblando uno, y haciendo una vuelta alrededor con el otro. Luego lo pasó por debajo, lo estiró por el medio, y  apretó simultáneamente los dos extremos doblados. Entonces el zapato volvió a estar bien sujeto otra vez en mi pie, con el lazo bien bonito en su parte superior. La miré, y ella me miró.
-Gràcies.- Le dije, y sonreímos los dos. Nunca más volví a llevar los zapatos desabrochados.

En aquella época había rivalidad entre los niños y las niñas. Las historias de los mayores que se juntaban entre hombres y mujeres, las considerábamos absurdas. ¿Quién quería juntarse con el sexo opuesto? Ellas actuaban de forma diferente, y no nos gustaban. Eran niñas, y eran nuestro enemigo.
Pero Estel era distinta. Si algún día tenía que casarme como acostumbran a hacer los adultos, sería con ella, decidí.

Yo seguí creciendo en aquella escuela pública experimental ubicada al lado de la facultad de magisterio. Los estudiantes de universidad hacían prácticas a menudo con nosotros, y en ella se vivía un tipo de euforia que quería emular la libertad y los valores sociales que se habían perdido después de la caída de la República Española. Estábamos en los años ochenta, pero hacía poco que en Catalunya se daban clases en Catalán, y las fuerzas liberales habían despertado del letargo franquista, uniéndose ahora abiertamente con las corrientes hippies que provenían del otro lado del atlántico.

En segundo de EGB, Estel desapareció de las clases. Y en sexto, volvió a aparecer. La profesora nos contó que aquella nueva compañera de clase era en realidad Estel, la chica que nos había dejado hacía cuatro años. Yo la miré. Evidentemente era distinta, pero fui recordando poco a poco a mi amiga de parvulario, recuperando también viejas sensaciones. La pubertad se acercaba, y ya no había la lucha abierta entre niños y niñas. Ahora nos gustaba hablar con ellas, y nos fascinaban aquellos bultos que les salían a algunas de ellas en la parte frontal del tronco. La profesora nos contó que Estel había estado viviendo en los Estados Unidos esos cuatro años, pues su padre se desplazó allí por trabajo, pero que ahora ella volvería a estar con nosotros, y que la tratásemos bien.

Ella causó un fuerte impacto en todos los chicos de la clase. No sólo era la chica más guapa, sino también la más madura, inteligente y divertida. Todos nos sentimos enamorados de ella en algún momento de nuestra entrada pubertad. El sexto de EGB dejó paso al séptimo, y el séptimo dejó paso al octavo. Ahora ya éramos los mayores. Eramos casi personas completas, y ya nos gustaba imitar la vida de los adultos. A veces íbamos al cine los de la clase, y luego nos viciábamos al New Park echando lo que nos había sobrado de las palomitas en las videoconsolas recreativas. Yo pero, era del pueblo de al lado, y pronto vi que el ambiente era bastante distinto, aunque los dos pueblos se tocasen, al lado del parque natural del Collserola. Mi amigo de toda la vida apareció un día con una navaja plegable del estilo llamado Mariposa, y en las horas del recreo aprendíamos a abrirla y a cerrarla con los juegos de muñeca que se precisaban para tal fin, apareciéndose el proceso mencionado al aleteo de las mariposas que daban el nombre a la navaja. Por aquel entonces yo ya había dejado la gimnasia deportiva y estaba aprendiendo jiu-jitsu. Mi profesor no quiso aceptarme en la clase cuando en séptimo le comenté un día mi deseo de aprender jiu-jitsu. Me dijo que tenía que esperar. Pero él organizaba unas sesiones didácticas los sábados por la mañana a las que yo asistía con entusiasmo, entrando lentamente en el misterioso mundo de las artes marciales japonesas. En octavo, yo estaba dispuesto a aprender jiu-jitsu en serio, sí o sí. Entré en mi gimnasio de toda la vida, y en el mostrador no estaba Jose, el profesor, sinó una de las chicas que daba las clases de aerobic.

- Que aquest any em vull cambiar a jiu-jitsu.
- Vale. Pues les clases son els dilluns i dimerces... t’apunto allá oi?
-Si.
-Vale, pues ja está. Ja li diré al Jose.
-Adéu

Me fui contento del gimnasio. El cambio ya estaba hecho, y aunque Jose tuviera recelos de enseñarme jiu-jitsu, yo ya estaba apuntado a su clase. Y era altamente improbable que él hiciese el procedimiento inverso. Así pues, yo ya empezaría a aprender aquello que me fascinaba. No solo era la habilidad para la lucha, sino también todo lo que envolvía las clases. Los kimonos blancos, la etiqueta, los saludos formales al profesor nada más empezar la clase, aquella postura superincómoda de sentarse de rodillas con el culo en los talones... y los nombres de las llaves en japonés.

Nuestra clase de octavo de EGB era más tranquilita, pero en la clase de al lado había un grupo peligroso. Un amigo de nuestra clase nos contó un día que uno de ellos había atracado con navaja a su hermano de dos años mayor que él, después de haberle dado una paliza entre unos cuantos a la salida del New Park. Su hermano había puesto una denuncia a la policía aupado por su familia, y el chico en cuestión ahora pasaba largas horas con la cabeza baja hablando con la tutora en las horas del recreo.

Una vez, después de ir al cine Kursaal con mis amigos, y esperar a que me recogiera mi padre con el coche, unos tres chavales mayores que yo empezaron a meterse conmigo. Yo no quería confrontación, y a la que pude ver la oportunidad, eché a correr perdiéndolos de vista.

Todos estábamos enamorados de Estel, la chica guapa de la clase. Pero ella era además, una chica diferente. Era fuerte, y no tenía inconveniente en pegar incluso a los chicos, cuando la hacían enfadar. Ella se apuntó también a unas clases de jiu-jitsu que se daban en un gimnasio de su pueblo, y a veces compartíamos conocimientos al terminar la escuela.

Una escuela que se terminaba. Una etapa de nuestra vida que se cerraba lentamente, con la incógnita del futuro. De nuestro futuro. Las uniones que se habían producido durante tantos años, estaban a punto de romperse para siempre. Yo continué con el bachillerato en un instituto de mi pueblo, y la mayoría se repartió entre los institutos del pueblo de al lado.



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