Mis padres dejaron la casa de Cadaqués que alquilaban todo
el año, y estuvimos unos años de alquiler sólo los meses de verano. Pero en
aquella casa se habían forjado unas uniones ya irrompibles. Los Koyama, los
vecinos japoneses también dejaron su casa y se fueron a vivir de alquiler en
otras viviendas de Cadaqués. A veces íbamos mi hermana y yo a pasar el rato con
Nyoko, la hija de Koyama en su casa. Al entrar yo, Koyama saludaba y luego
desaparecía misteriosamente. Los tres niños entramos en la habitación de Nyoko.
Aquella habitación estaba repleta de juguetes y chismes
típicos japoneses, muchos que todavía no habían llegado a España. Jugamos un
rato con un moco verde, que seria algo así como el precursor japonés del
blandiblú.
-Els meus pares m’obliguen a estudiar japonès.- dijo Nyoko
con tristeza.- Es un pal.
Todo allí era japonés. No sólo eran los tres claramente
japoneses, y entre ellos hablaban aquel idioma fascinante que yo no entendiera
ni una palabra, sino que tenían mobiliario japonés, juguetes japoneses que sus
familiares enviaban a Nyoko por avión... y sus padres querían que ella no
perdiese las raíces y la cultura japonesas.
Recuerdo un invierno cuando yo era muy pequeño, fuimos a la
cabalgata de reyes en Cadaqués. Más que cabalgata era una navegata, pues en
Cadaqués venían por barca, y todos los niños estábamos con fanales expectantes
para recibirlos. Y Nyoko vino con nosotros. Todos nuestros fanales eran
simples, trabajados en serie únicamente para realizar la función de alumbrar
con la vela de dentro. Pero el de Nyoko era de una increíble belleza. Todo en
ella era belleza. Sus rasgos japoneses, su vestido, y el fanalillo esférico
rojo muy elaborado con caracteres dibujados, también de suma belleza.
Estaba claro que aquella familia no había viajado miles de
kilómetros para huir de su país, sino que estaba exportando su país.
Exportaba el arte de su país, mediante las pinturas típicamente zen de
Koyama. Una concepción de la vida basada en el disfrute del momento, en la
apreciación de la belleza, y en la conexión de todas las facetas del ser humano
en los quehaceres diarios. Una concepción distinta a la que impera en
nuestra sociedad occidental.
Llegó un momento en que mis padres tuvieron el dinero
suficiente, y se compraron un apartamento en Cadaqués. Y un día invitaron a
nuestros amigos japoneses para enseñárselo. Yo tenía una pequeña habitación con
una vieja manta de lana que cubría mi cama. Y llegó el momento de que Koyama
viera mis aposentos. Después de algún sonido de aprobación, se fijó en un
agujero pequeñito que había en aquella manta vieja. Sin pensárselo metió su
dedo índice adentro y empezó a moverlo. Luego me miró sonriendo.
-Ja ja. Gusano. Ja ja.
Yo aparté su mirada. Imbécil, pensé. ¿Se piensa que
soy tonto o qué? Ya tengo una edad para que me hagan gracia estas bromas tan
estúpidas...
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