dimecres, 16 de gener del 2013

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Él gritó en el pasillo. Alguien o algo le habría molestado. Otra persona que había estado cerca de él se me cruzó, claramente enojada, pasando de largo mientras miraba el suelo. Yo me dirigía hacia él, tranquilo. Con esa tranquilidad que te da el saber que nada puede ocurrirte. Nos cruzamos. Me detuve ante él, y le miré a los ojos. Él me miró. Pero esa persona no estaba allí. Estaba físicamente, yo veía su cuerpo, su cara, sus facciones robustas, sus labios carnosos, me miraba. Pero no sé lo que él veia. Si veía algo que su mente pudiese interpretar, desde luego no era lo que los demás veían al mirarme. Intenté decirle con mi mirada que no pasaba nada. Que no había nada de qué preocuparse. Creo que entendió, pués noté que se relajaba, y al cabo de un rato volvió a sus quehaceres habituales. Era un hombre extraño. Casi nunca hablé con él, aunque me caía bien. No sé qué cantidad ni qué tipo de drogas se había tomado, LSD por un tubo, supongo. Tanto, que la realidad que veían sus ojos y sus sentidos difería sustancialmente de la que veía la gente que le rodeaba. Esto sin duda le debió crear un problema de comunicación con el entorno. Él estaba en otra realidad. Ni mejor ni peor. Simplemente, otra forma de interpretar el mundo en que vivíamos.   

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