Felipe se dirigió hacia mí con toda su fúria, y agarró con
su musculado brazo la solapa de mi blanco kimono. Sus movimientos bruscos me
zarandeaban violentamente, pero su mente tampoco estaba quieta. Sus agarres
eran espasmódicos e incongruentes, faltos del sentido completo. No lo eran así
los mios, y mi mente estaba más tranquila ya, después de la competición del
último sabado.
Cuando mis sentidos me mostraron que era El Momento, mi
pierna, mi cadera y todo mi ser realizó de forma inconsciente y automática,
ayudados por toda mi voluntad, aquellos movimientos que tantas veces había
practicado antes en forma de uchi komi o entrenamiento. Se hizo un o’uchi
gari o Gran Barrido por el Interior, una vez su pierna derecha estubo
nadamás unos ínfimos instantes ligeramente adelantada, mientras su cuerpo que
me sacaba mas de 20 kg se abalanzaba sobre mí, consecuentemente cayendo con
estrépito en el inofensivo tatami azul. Su cabeza miraba el techo, aturdida por
no entender todavía cual había sido el error que le había precipitado contra el
suelo.
-¡Mierda! –exclamó con un sentimiento de frustración.
-¡Ippon! Jaja.
Él se levantaba, todavía rabioso con tintes de preocupación.
-Que cabron... ¿Qué he hecho mal?
-Mira... Te ha pasado como a mí en la competición. Te ha
sucedido exactamente lo mismo que me pasó en el primer combate. Lo perdí igual
que tú ahora. Fui a saco sin escuchar, sin fluir, sólo con una tensión
anárquica y estéril, sin poder concentrarme en hacer correctamente los
movimientos. El miedo a perder me estresó y no tenía la cabeza tranquila.
-Si, quizás tengas razón.
-Vale va, otra vez.- Dijo, levantándose con ganas de seguir con el
amistoso randori o combate, y
volvió a agarrar con fuerza mi solapa, despúes de nuestras respectivas muestras
de respeto al estilo japonés.
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