Conseguí por fin, un trabajo en el que tenía cierta
autonomía, y me daba la suficiente estabilidad como para ir a vivir solo en un
piso. Elegí Rubi, pues allí los precios eran mas baratos, y además estaba más
cerca del trabajo que tenía en Terrassa como programador industrial. Fue
entonces cuando me vi con fuerzas para volver a las artes marciales. Yo ya
estaba insertado de lleno en la sociedad; era ingeniero, y tenía un buen
trabajo. Un buen colchón para volver a adentrarse en el tortuoso, misterioso, y
no menos peligroso camino de las artes marciales. A los diecinueve años yo
había dejado el jiujitsu, pues me sentí estancado. Yo sabía que allí había algo
más, pero la rutina de las clases demasiado enfocadas a las katas o
movimientos preestablecidos, me dejaban con una sensación de vacío. Después de
años ocupado en otros asuntos, aunque sin dejar completamente de lado el
espíritu de las artes marciales ni la filosofía oriental, volvia a hacer Judo,
metiéndome de lleno. Mi carrera profesional ya estaba encarrilada, y ya no
tenía preocupaciones en aquel sentido. Ahora mi única preocupación era poder
descubrir qué había más allá de las artes marciales, algo que me fascinaba,
algo que mi inconsciente sabía, pues a menudo soñaba que me sentía lleno y
realizado, aprendiendo artes marciales. Después de algunas clases a modo de
recordatorio, hice un randori con un cinturón negro de origen
peruano-japonés que había aprendido el arte en una escuela de Japón. Uní todas
mis fuerzas: mental, físicas, y espiritual-emocionales en una entrada de seoi
nage con la intención de que él volara por encima de mi cabeza. Pero él se
clavó bien, resistiendo con su cuerpo.
¡Crack!
-¡Aahhh! – chillé, pues mi rodilla derecha empezó a
dolerme como nunca. Seguimos un rato, pero enseguida realicé que no podía
continuar con aquel combate.
Al día siguiente fui al CAP, pues el dolor había aumentado,
extendiéndose ahora por toda mi pierna. Resultó ser que me había roto las
fibras de mi gemelo derecho, el cual estaba todo enmoratado. No tuve más remedio
que descansar, estando de baja laboral durante un mes. Primera lección: no
puedes ir más allá de la resistencia física de tu cuerpo. Pero aproveché aquellos días de reposo y
tranquilidad en mi pisito de Rubi, para empezar a escribir una novela de ciencia
ficción. Tenía que intentarlo. Ver cómo me sentía, relerlo, valorar... Pero se
me infiltró un personaje en ella que creía olvidado, y que me impedía continuar
con una trama mínimamente coherente. Aquel personaje tenía entidad
propia: yo no lo podía controlar. Me hacía juegos incomprensibles, que
correspondían más a mis deseos personales que a nada, y destrozaba la
historia fantástica que yo intentaba escribir. Y aquel personaje tenía un
nombre, una cara, y un cuerpo que yo conocía perfectamente: la chica de la que
estuve enamorado durante años, sin poder llegar a conseguir la unión de mi
deseo.
Pero una cosa buena pude sacar. Entendí perfectamente el mensaje que me estaba mostrando mi inconsciente: no vas a poder escribir nada bueno antes de haber vivido una relación intensa con una mujer. Así que, una vez mi gemelo se pudo rehacer a sí mismo, volví al trabajo como programador, y me lancé otra vez en busca de la compañía femenina que aquel amor frustrado me había quitado durante demasiado tiempo.
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