Estaba yo en Cadaqués cuando
tenía tan solo 5 años. Cadaqués fue tierra de artistas desde que Salvador Dalí
estableció allí su residencia. Mis Padres veraneaban en ese pequeño y bucólico
pueblecito perdido en lo más salvaje de la Costa Brava desde antes de que yo
naciese. Y alquilaban una casa. Una casa antigua muy bonita, con las paredes de
pizarra características de aquellas latitudes. Paredes gordas y robustas, y una
chimenea donde nos abrigábamos los 4 en las noches frías del noreste de la
península ibérica. En la casa de al lado vivía una familia de japoneses. Sí.
Padre, Madre y una hija. Ellos estaban allí, en lo más recóndido de los
románticos espacios ampurdaneses. ¿Qué hacían allí? Algo me huelo ahora, pero en
ese tiempo yo no sabía. Que atrajo a una familia japonesa a un pueblo rural de
costa de la españa postfranquista? Desde luego el reclamo artístico de Dalí,
pues el marido, S. Koyama también era pintor. Recuerdo que la familia de al
lado era como un misterio. Tenían los ojos como si les molestase la luz solar,
pero su hija era preciosa. Naeko se llamaba.
Un día fuimos a visitar una
galeria de los cuadros que Koyama ponía a la venta. Una vez dentro, mi mirada
se quedaba encallada en esos enigmáticos paisajes que colgaban de la pared.
Todas las exposiciones de arte que había visto yo hasta ahora eran explosiones
de color, con innumerables detalles en los que tu mirada podría estar horas
dilucidando. Aquello era todo lo contrario. Había dos colores. Un azul parduzco
de algún atardecer nublado y el gris característico de estas costas agrestes
que acostumbran a acabar en forma de acantilado. Cuadros inmensos de unos dos
metros de largo por uno y medio de alto. Donde mas allá de la delimitación de
estos dos colores habían unas zonas enormes ausentes de ningún detalle. Incluso
el azul pardusco parecía fusionarse con el azul del mar, que penetraba en las
representadas calas del Cabo de Creus. Incontestables interrogantes se
generaban en mi infantil cabeza. ¿Es esto arte? Y qué hay del color, de formas
humanas en movimiento? Sólo sé una cosa. El silencio de esos cuadros sigue
hablando misteriosamente en el inevitable transcurso de los años. Un silencio
japonés. Un silencio Zen.
Quizás Koyama sintió la necesidad
de ir a vivir donde residía el gran pintor del surrealismo, Dalí. El que plasmó
de forma pictórica las turbaciones del inconsciente Freudiano que forman parte
ya de nuestra joven sociedad. Quizás esas pinturas eran un mensaje a todo quien
observara un cuadro de Dalí. Aquel mensaje correctamente decodificado decía lo
siguiente: - No os dais cuenta que el quid de la cuestión reside en
silenciar la mente y dejarse llevar por la belleza que caprichosamente se
muestra ante nuestros sentidos?
S. Koyama: Cala nans
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