diumenge, 19 d’agost del 2012

...


Estaba yo en Cadaqués cuando tenía tan solo 5 años. Cadaqués fue tierra de artistas desde que Salvador Dalí estableció allí su residencia. Mis Padres veraneaban en ese pequeño y bucólico pueblecito perdido en lo más salvaje de la Costa Brava desde antes de que yo naciese. Y alquilaban una casa. Una casa antigua muy bonita, con las paredes de pizarra características de aquellas latitudes. Paredes gordas y robustas, y una chimenea donde nos abrigábamos los 4 en las noches frías del noreste de la península ibérica. En la casa de al lado vivía una familia de japoneses. Sí. Padre, Madre y una hija. Ellos estaban allí, en lo más recóndido de los románticos espacios ampurdaneses. ¿Qué hacían allí? Algo me huelo ahora, pero en ese tiempo yo no sabía. Que atrajo a una familia japonesa a un pueblo rural de costa de la españa postfranquista? Desde luego el reclamo artístico de Dalí, pues el marido, S. Koyama también era pintor. Recuerdo que la familia de al lado era como un misterio. Tenían los ojos como si les molestase la luz solar, pero su hija era preciosa. Naeko se llamaba.

Un día fuimos a visitar una galeria de los cuadros que Koyama ponía a la venta. Una vez dentro, mi mirada se quedaba encallada en esos enigmáticos paisajes que colgaban de la pared. Todas las exposiciones de arte que había visto yo hasta ahora eran explosiones de color, con innumerables detalles en los que tu mirada podría estar horas dilucidando. Aquello era todo lo contrario. Había dos colores. Un azul parduzco de algún atardecer nublado y el gris característico de estas costas agrestes que acostumbran a acabar en forma de acantilado. Cuadros inmensos de unos dos metros de largo por uno y medio de alto. Donde mas allá de la delimitación de estos dos colores habían unas zonas enormes ausentes de ningún detalle. Incluso el azul pardusco parecía fusionarse con el azul del mar, que penetraba en las representadas calas del Cabo de Creus. Incontestables interrogantes se generaban en mi infantil cabeza. ¿Es esto arte? Y qué hay del color, de formas humanas en movimiento? Sólo sé una cosa. El silencio de esos cuadros sigue hablando misteriosamente en el inevitable transcurso de los años. Un silencio japonés. Un silencio Zen.

Quizás Koyama sintió la necesidad de ir a vivir donde residía el gran pintor del surrealismo, Dalí. El que plasmó de forma pictórica las turbaciones del inconsciente Freudiano que forman parte ya de nuestra joven sociedad. Quizás esas pinturas eran un mensaje a todo quien observara un cuadro de Dalí. Aquel mensaje correctamente decodificado decía lo siguiente: - No os dais cuenta que el quid de la cuestión reside en silenciar la mente y dejarse llevar por la belleza que caprichosamente se muestra ante nuestros sentidos?

O eso quiero creer yo.



  S. Koyama: Cala nans

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada